Ser es Siendo

No es el tiempo, este discurre, fluye.
Tampoco los hechos: pasados, son deshechos, ausencia.
Es el empeño en el recuerdo, ese dislate que no distingue pasado o presente… son neuronas, sin cronómetro, escupiendo.
Es traicionar la verdad con la memoria, cuando solo hay verdad mientras sucede.
Déjalo ir, renuncia a seguir inventando cualquier realidad que ya no está representada.
¿Aprendiste algo productivo allí? Bien, olvida todo lo demás. Hasta eso, quizá, sea distorsión, mas si te sirve…
Pero deja de dar vueltas, deja de marearte, apaga la centrífuga.
De cualquier ayer eres ya ajeno, otro mundo donde nadie te conoce. Nada pendiente, nada que devolverte, nadie que encontrar o que de ti algo espere. Por más que te obstines: nada, nadie.
Te llamas Hoy, y Hoy es aquí y ahora.
Lo demás, aun acertando, es mentira.
Una mentira vanidosa, tirana y encadenante.
Porque Ser se escribe, aprende a escribir, siempre en gerundio.
Porque Ser es Siendo.

descanda

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Honra a tu padre y madre, o no

Uno de los llamados diez mandamientos, sagrados mandatos de la tradición judía, luego cristiana, manda al hijo o hija honrar al padre y a la madre (libro del Éxodo 20:12). Pero, ¿y si el padre o la madre deshonraron al hijo o la hija? No está ese mandamiento, el inverso, en cualquier caso siempre previo y fundador de la relación: honrar a la cría.
Y es que tal mandamiento pertenece a un pretérito y cultura donde un niño no es nada en tanto que niño. Lo de la niña era aún peor: era mujer. Según el Talmud judío, autorizada interpretación rabínica de la Ley o Torá entre los judíos, esa misma ley que ordena la honra filial como designio divino inapelable, un hombre judío debe dar gracias diariamente a Dios por no haberlo "creado gentil, mujer o esclavo". (Menahot 43b-44a). Juzguen ustedes mismos la calidad y valor humanos de tal despropósito para cualquier tiempo pero, es el caso, para el nuestro, el de hoy.
Desde un punto de vista humanista, laico y de nuestro tiempo, cabe formular la cuestión en términos relacionales y no imperativos, mucho menos de obediencias religiosas, por supuesto, salvo que uno o una decida tal ceguedad existencial. Así, la formulación a que me refiero sería en estos términos: Padre o madre, si deshonró a su cría -hijo o hija-, no espere de ella honra alguna. Esto, como ven, no es asunto ya de leyes, divinos designios u ordenanzas, sino de justa correspondencia vincular.
Por eso, hijo o hija, si quienes te tuvieron como cría no te dieron honra (estima y respeto de la dignidad propia, según la Real Academia de la Lengua Española, en su primera acepción), no albergues culpa por tu falta de motivación o deseo en darles honra a tu vez. Nunca puede esperar respeto, estima, devoción o amor filial, un padre o madre que no lo dieron o, peor, ignoraron o maltrataron sin ningún respeto o miramiento la otredad del hijo o hija cuando, peor todavía, era una mera cría vulnerable y necesitada de apego.

Cuando caes en la cuenta

Cuando caes en la cuenta de que parte, poco o mucho pero significativo, de eso que llamas “mis creencias”, “mis gustos”, “mis maneras” o “mis costumbres”, es en realidad una adopción -por acción, reacción o dejación- de “otras creencias, otros gustos, maneras o costumbres”, y que “estás así” más bien que “eres así”, puede que sea momento, una buena oportunidad, de retirarte o tomar cierta distancia, abrirte a un espacio y tiempo de reflexión ideo-afectiva, y hacer lo que a partir de ahí decidas hacer. 

Y sin prisa. Adaptarte, para llegar hasta aquí, costó tiempo y mucho consumo de energía. Normal, por tanto, el agotamiento y lo confuso de la situación. Tomará tiempo decidir qué es tuyo, desadaptarte o abdicar de lo que no, y adoptar rutas distintas, ojalá más propias, para tu ser. 

Pero tranquilo. Ni corras, ni abandones. De entrada, salúdate: vas a crecer, seguro. La edad no importa. Como cualquier día es bueno para morir, cualquiera lo es también para vivir de otro modo. La edad es sólo un dato, no una losa.


Imagen: Google Imágenes

El nuevo paradigma reticular

Tenemos que asistir, ya empieza a ocurrir, a un escenario de la psicoterapia donde abundarán trastornos, en cuya base encontraremos el hábito cronificado e insano de confundir redes sociales (léase facebook, instagram, etc.) con vínculos afectivos, así como mensajerías instantáneas (léase p. ej., whatsapp) con estados de convivencia y diálogo efectivos y reflexivos.

Amigos o contactos de redes y de chats instantáneos, con sus likes y emoticones, suplantarán o subvertirán la amistad y el aprecio más honestos y ciertos, por verborreas y exhibiciones emocionales tan aduladoras como vacías, pero capaces de crear severa adicción. Lo mismo que la impúdica circulación de imágenes expuestas buscando el aplauso al mejor estilo de espectáculo circense o de trivial pase de modelos, va a ningunear al más esforzado trabajo de labrar una imagen personal que hable realmente de tu subjetividad, y comparta quien realmente eres entre los demás.

Tal confusión entre realidad y virtualidad, donde esta, además, satisface la pueril necesidad de la inmediatez en la gratificación y la continua disponibilidad del otro, fomentando el principio del placer en detrimento del principio de realidad, no ha de dejar de pasar factura. No solo individual, sino como un fenómeno cultural que creará una civilización aún más sumisa y devota de aquellas corporaciones y grupos que están detrás de este paradigma reticular, contrario a la madurez tanto mental como cívica y social. Todo ello con la creencia de haber cimentado una autoestima a prueba de bombas que, al final, cualquier mínima erosión o frustración vital demolerá sin piedad, evidenciando que todo ese pensamiento mágico no sustentaba más que nadería adornada por tantas y tan falsas etiquetas, adherencias sin raíz.

En todos nosotros habita un modelo infantil, con sus modos operativos y sus expectativas, pero infantil, de otra época. De otro tiempo, es una memoria inconsciente pero viva que, excitada poderosa y continuadamente, nos puede convertir en carnaza dependiente y servil. Y hay demasiados grupos de poder sin escrúpulos que lo saben. Gobiernan esas redes sociales como los chats presididos por la instantaneidad.

Primera entrevista

Era la primera entrevista. Se le veía bien hundido. Saltaba de una situación a otra, donde la tristeza o el dolor presidían la experiencia personal en ellas. No dejaba de peinar con presión digital intensa su pelo hacia atrás, como quien desea despejar la cabeza. Miraba hacia abajo, caído, entre frases, o se perdía en la lejanía a través de la ventana, cual si soñara una manera de escapar o ver otro horizonte. 
Al tiempo, me miró a los ojos preguntándome:
– ¿Qué cree que me está pasando?
 No apartaba ya su mirada, esperaba una respuesta, quería respuestas. Me incliné hacia delante extendiendo mis brazos y abriendo mis manos, y le contesté:
– Parece que ha encadenado últimamente experiencias muy dolorosas. Le noto agotado. Debe estar muy cansado, como quien solo encajara golpes y está desfondado. Creo que necesita dejarse vencer de alguna manera sin miedo a perderse, a que no haya ya opciones después. No siempre se puede, ni quizá sea bueno, resistir y sólo resistir.
Agarró mis manos, echándose a llorar desconsolado, de nuevo cabizbajo, como desahogándose, apretando con fuerza.
Hago un pequeño paréntesis: Yo abdicaba, sin pretenderlo, en ese momento del método en que entonces me formaba, donde la abstinencia afectiva y la asepsia emocional eran una regla. Nunca jamás volví a contemplar esa regla, la verdad sea dicha.
– ¿Sabe? -me dijo mirándome de nuevo a los ojos sin esconder ni secar sus lágrimas-. Creo que necesitaba esto hace mucho, demasiado tiempo.
– ¿Qué quiere decir?
– Pensé que empezaría a darme consejos, a hacerme preguntas, yo que sé. Pero siento como si me hubiera abrazado y dicho “puedes descansar, descansa sin miedo”.
Fue así que solicitó volver a vernos, siendo la primera de muchas citas posteriores.
abrazo

Mentalización de la afectividad: Subjetividad e Intersubjetividad

La mentalización o atribución de estados mentales subyacentes a la conducta es una función reflexiva -cognitiva y afectiva-, o sea, poder pensar no solo ideas o creencias, sino también emociones o sentimientos (afectividad).

Esto que se conoce como afectividad mentalizada es un proceso importante en la regulación emocional derivada de las experiencias que vivimos en nuestra realidad más cotidiana, no solo ante grandes acontecimiento vitales.

La regulación de la emoción incluye:

  1. Identificar la emoción: ¿cómo me siento? Darle nombre, ponerla en palabras.
  2. Situar el contexto o la experiencia: ¿acerca de o con relación a qué surge?
  3. Motivo: ¿por qué pienso que se produce?
  4. Expresión: hacia fuera, pero reducida su intensidad y con significado o sentido (mentalizada), o bien hacia dentro (puedo decidir u optar por dejarlo estar).

Esta función de mentalización, altamente beneficiosa para nuestro desenvolvimiento mental en la realidad, es claramente más exitosa en términos relacionales, donde la intersubjetividad analítica o reflexiva, capacita con mayor eficacia, lo que aclararé más adelante hablando de la empatía mentalizadora en las experiencias ligadas a las relaciones con los demás.

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También es posible ejercer esta función mentalizadora en nuestras relaciones, no siendo yo la diana apriorística sino el otro en relación conmigo, gracias a la comprensión aproximativa de los otros que nos otorga una actitud empática, de tal forma que ese proceso regulador o de mentalización de lo afectivo podemos implementarlo respecto de las reacciones emocionales o sentimientos de otros en nuestras relaciones, posibilitando intersubjetivamente atribuir también estados mentales subyacentes a su afectividad (comprender motivación y sentido), reflexionando empáticamente (sentir y pensar con el otro y desde el otro, sin ser el otro) y, así, compartiendo puntos de vista o reflexiones posibles bidireccionalmente: de nosotros al otro y viceversa, favoreciendo desde estas experiencias relacionales el crecimiento mutuo.

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Con respeto y sin ser intrusivos ni dogmáticos, invitar a la regulación de lo emocional con fórmulas verbales como “creo que”, “a lo mejor”, “tengo la sensación de que”, “me parece”, “puede ser que”…, en nuestras relaciones. Pienso que, ante experiencias emocionales surgidas en determinadas situaciones de relación, es quizás la mejor manera de mentalizar: no quedar encerrado en uno mismo, distanciados y nada más que intérpretes subjetivos ciegos desde nuestros propios supuestos, sino comprender y conectar en la intersubjetividad dinámica con el otro, en una visión binocular donde contemplar, con mayor eficacia y productividad, distintas alternativas o puntos de vista.

A fin de cuentas, somos seres sociales, y nuestro cerebro un órgano social. Así que lo mental emerge en toda su capacitación cuando interconectan las redes sinápticas neuronales y las redes sinápticas relacionales, en forma de un flujo transitivo bidireccional.

Es la actitud

No es el contenido, es la actitud. El contenido de la conducta puede deberse a cumplir con una narrativa impersonal, creída o adherida como lo correcto, pero ajena y sin afecto real por ello.

La actitud revela más decididamente el estado mental del sujeto, al enlazar inconscientemente – sin narrativas interpuestas -, con el núcleo emocional, el afecto del individuo, permitiendo revelar lo que el contenido impersonal pueda o pretenda ocultar o evadir.

Antes del qué haces, es interrogar por el qué sientes.