Nulla in mundo pax sincera

Pensé que no dejaría de ser una molestia episódica. Los asientos, por un tácito designio, quedaban asignados siempre en los primeros días, tras previos tanteos. Pero lo que consideré cuestión de azar, empezaba a ser una incómoda costumbre. La tapaba más a menudo de lo que yo era capaz de tolerar, y no era extraño en mí algún que otro berrinche matinal de primera hora, interno, claro, que se apaciguaba con el anuncio del final de una aburrida clase más.

Salía como si escapara, o fuera liberado al fin, pudiendo darme a alcanzar mi divisado objetivo. Bajaba la escalinata desde esa mi buitrera, última hilera donde podía otear a gusto, a ratos también bostezar sin molestar y sin ser molestado, apenas pisando cada escalón, para mí invisibles todos, sonando en mi cabeza, vital, alto y festivo, el primer tiempo del laudare pueri dominum, ese que acompañaba muchas de mis ensoñaciones las tardes entre lúgubres libros, en cuyas viñetas emergía, repentino y  vivace, su virginal y bendito rostro.

La cosa era alcanzarla, hacerme el despistado que se cruza sin más que la casualidad como motivo. Ya, sí, cada día una casualidad no parece que cuele, y quizás ella pudo sospechar algo, alguna vez. Pero yo cuidaba no repetir ni paso, ni dirección, ni gesto y, menos aún, transgredir una debida distancia. Ni un choque, nada de roce. Lo justo para retener un poco más del gris claro de su mirada, convenientemente tallada en ese pálido y sonriente rostro enmarcado por aquel ondulado pelo que caía, casi líquido, a ambos lados sobre sus, a modo de zócalo dispuestos, simétricos hombros.

Esos ojos, esa tez, ese gesto, que escondían ahora aquel tipo, sí, haciéndole sombra con su desvergonzada estatura, su ostentosa, a la par que hipertricótica, cabeza y ese abominable, profuso bigote que no paraba de tocarse y retocarse en una especia de exasperante gesto triunfal. Lograba en ocasiones encerrarla, al punto de no dejar atisbo de ella. Menos mal que, en su notoria inquietud, había de rascarse o volverse acá y allá con frecuencia, o bien ella reubicarse a menudo en aquellos rígidos bancos de madera. Y ahí sí, ahí estaba yo presto a la sonrisa tonta, el suspiro de cada ¡por fin! y la cara absorta que delata una fláccida boca al caer.

Tras el desayuno, en el bar donde aquellos albañiles se echaban al coleto el aguardiente de las ocho de la mañana (no era el primero), corríamos de nuevo hacia el instituto anatómico. Una vez dentro, hacia la sala de disección, donde ya habían despertado y se disponían los cadáveres, convenientemente acicalados con formol, para recibirnos y ofrecernos sus entrañas que poder degustar sobre aquellas marmóreas mesas, preparadas al efecto de saciar nuestra cotidiana voracidad por hendir, abrir, rasgar, separar, retirar, extraer, cortar, examinar y reexaminar, recolocar y de nuevo, como en una ceremoniosa sobremesa, cerrar, partiendo para dejar agradecidos a aquellos fiambres descansar, dormitar en su lecho, aquella enorme piscina ubicada tras una gruesa y enladrillada vidriera esmerilada, donde esperarían hasta ofrecernos nuevas experiencias gustativas al paladar de nuestra avidez por descubrir todos sus anatómicos sabores, en ese repetido diálogo entre sus formas y nuestros conceptos que iba erigiendo, puliendo tanto bruto rudimento, el esbozo necesario y dispuesto de futuros galenos en su primer año de carrera, tan larga y fatigosa carrera.

La mañana que se adelantó nuestro desayuno, preludio de unas cuantas horas libres hasta recalar ante algún otro encerado, lo fue porque el instituto permanecía cerrado, y se nos avisaba que así sería hasta nueva orden. Orden que lo era, curiosamente, en  los más estrictos términos forenses. Ese día, bien temprano, el bedel del centro había denunciado una presencia imprevista,  reciente y no registrada, anunciada justo al correr el portón que abría a la piscina, donde sus sorprendidos ojos se clavaron en un sobrenadante y destacable, por bien profuso, bigote. Acercándolo a sí, con la debida prevaución, más abajo, en su torso, con voz entrecortada y a duras penas, alcanzó a deletrear para quien tomaba, inmediatamente después, cuenta inicial y telefónica del atestado, unas palabras al parecer grabadas a corte de escalpelo: nulla in mundo pax sincera.

nulla

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Confesiones de un paria (II)

Memorias de Gustavo Diego

Remembers

Más que el nacimiento, el matrimonio o la muerte, la adolescencia implica el complejísimo drama de pasar de una zona de existencia a otra distinta. Es ese punto crítico de la vida humana en que las pasiones sexuales y morales fructifican y alcanzan su madurez. El individuo pasa entonces de la vida familiar a la existencia cultural.
La adolescencia es una especie de campo de batalla en el cual el pasado y el futuro se disputan el dominio de la mente adulta que está por emerger. Cuando la adolescencia ha concluido, el carácter del joven adulto guarda las marcas de las luchas interiores que ha experimentado.
Si los seres humanos se limitaran a marchar en línea recta de la infancia a la edad adulta, seríamos eternamente aniñados en nuestras actitudes sexuales y morales. Esto es lo que sucede con aquellos individuos en que la fase adolescente de la vida no puede ejercer su plena influencia sobre la remodelación de una historia de vida.*


Rechacé aquellas entradas para un festejo taurino, como rehusé aceptar invitaciones para asistir en posición destacada al desfile conmemorativo de la “victoria” franquista que supuso la dictadura militar española durante casi cuarenta años (1939-1975). Yo vestía 15 y 16 años en respectivas ocasiones y entiendo que, a un nivel cognitivo, digamos conceptualmente aislado, construía mi propia identidad, y esta desde luego no estaba con las esencias de la, para mí, España gris en que vivía.

La cuestión es que no existe ninguna identidad mínimamente estable -ese self que se relaciona dinámicamente con la realidad sobre la base de la autoestima, la confianza en uno mismo, la valoración del crecimiento autónomo y la asertividad- que se desarrolle y mantenga sólo de manera conceptualmente aislada. Por ello puedo calificar mi desenvolvimiento en la adolescencia y primera juventud, como el de un sujeto inmerso en la más diáfana dualidad sin oponerse a ella, como el animal desbocado que corre en uno u otro sentido sin detenerse porque solo huir le impide, como en una cinética anestesia, quedar expuesto a ser devorado por su propio dolor, su omnipresente terror.

El doloroso trauma deficitario de no haber crecido sobre una base segura labrada en el necesario apego infantil, me condenaba en mi caso inexorablemente (lo supe después, claro) a la necesidad, no consciente, de sobrevivir a los cambios que va instalando la pubertad, mediante la adhesión a aquellos de quienes como cría lo esperé todo: un reproducir el esquema de niño paria outsider que teme su desintegración si se separa de ese modelo. Y ahí la culpa se erige como resorte para no despegar. Sí, mi sexualidad, mi juicio y mi moral se iban construyendo como bien distintos a los de mi núcleo familiar y también inmediatamente social -del que ya tomaba nota-. Pero ser distinto era ser culpable.

Yo decidí, conceptualmente, que era ateo. Criado en una familia católica y educado en una escuela católica, había optado -como muchos en esos mismos supuestos- por dejar la religión y no atender a nada divino, por absurdo. Pero sólo era conceptualmente, pues emocionalmente me ponía en una muy complicada tesitura, por lo que la culpa en forma de angustia buscó salvar el escollo por la, de nuevo, adhesión al patrón nuclear de infancia. Así,recuerdo dirigirme a mi hermano mayor para plantearle mis dudas sobre la religión, movido -entonces no era consciente de ello- por el ascendente de su autoridad moral, la cual sabría reconducirme. Y así fue. Desde entonces, y por varios años, me convertí en un creyente vigoroso con una novia también vigorosamente creyente; líder yo de grupos juveniles y misionero social implacable de la palabra divina, yo era un ateo enfermizamente creyente. Así seguía, con matices pero sin excepción, la línea marcada. No hacerlo, era exponerme al abismo de un vergonzoso don nadie.

Pero era inconsistente en esa adhesión, porque no abandonaba del todo mi condición identitaria de concepto o juicio personal, por más que buscara con mi moralidad enfermiza acabar conmigo mismo. Mis amigos más íntimos eran ateos, se daban con fruición al libre pensamiento y su moral era bien ajena a condicionantes de orden religioso. Ninguna reproducción mía, por más intensa y desquiciada, del patrón sociofamiliar, aun rica en aprobaciones o alabanzas a mi compromiso religioso de altura, o también al intento de quebrar mi sexualidad en un noviazgo fijo predestinado a un futuro matrimonio, sometió con sobrada eficacia mi indisciplina. Tenía esos buenos amigos.

Aparecía episódicamente en forma de salidas a “espacios de pecado” donde la imprudencia, el apetito de vivir sin normas, la música más voluptuosa y desenfadada con la omnipresente borrachera, eran la pauta de conducta habitual. Leer libros prohibidos, reírnos de la moral establecida, hacer destrozos físicos en la escuela donde habíamos pasado años de aulas y capillas, horas de disciplina y confesiones, eran gestos con alto grado de apasionamiento, a veces rayante en lo febril. Igual tanto practicaba el noviazgo, como arrasaba con él procurando darme a otras mujeres sin más móvil que el capricho y destino que el placer, durara lo que durara.

Pero volvía. La culpa, mezclada con la savia envenenada -que recorría mi día a día- de la vergüenza, no ya de vivir, sino de haber nacido, dominaba y regresaba con su disconfort, su propuesta de angustia, y yo claudicaba. Vuelta al redil, una y otra vez, una vez más y la siguiente… tantas y tantas veces. Y ganó, me sometió. Me fijé a un noviazgo, rompí con mis amigos, a los que llegué a despreciar por insustanciales. Y estudié mi carrera de ciencias (yo respiraba por las letras), y me especialicé convenientemente para trabajar pronto y casarme, y traer hijos que serían también sobrinos y nietos: una bendición para la familia. ¿Y yo?

Yo era un tipo vergonzoso, un reo culpable e irredento mas obstinadamente claudicante, un hijo pródigo derrotado. Daba igual qué hubiera querido estudiar, si deseaba ese trabajo, casarme o ser un pronto padre. Me había convertido en paria del self, de mí mismo, un gregario más fijo en la aprobación de mi núcleo primario. Recuérdese que, amén de poseer ese férreo sentimiento de culpa asfixiante, ya desde muy pequeño el rechazo y maltrato de mi padre a cualquier manifestación mía de temor o debilidad meramente infantiles, había ido generando en mí un tremendo sentido de vergüenza de mí mismo, lo cual combinaba con lo anterior, como comentaba más arriba, en una mezcla inconsciente de emociones hostigadoras hacia mí y, al fin, sostén de un estatus de angustiosa ruina y depresión recurrente. Aquel apelativo femineizante nombraba a alguien que era, y ahora seguía siendo, una decepcionante vergüenza de hombre que, además, asumía una masculinidad al uso, prototípica, con la que no encajaba pero, en cualquier caso, practicaba. Eso, lo sé, no era ser hombre como yo me he dejado llegar a comprender, pero era un carné de aprobación masculina que yo no podía despreciar. Yo era el despreciable.

Por fortuna, enfermé seriamente. Dicen que lo reprimido en la mente habla en el cuerpo, y desde luego así fue en mi caso. Culpa y vergüenza tomaron cuerpo, mi cuerpo. Contraje una severa patología psicosomática que llegó a anularme al punto de casi incapacitarme como persona activa. Aquel médico que me asistía acertó a enviarme a ser psicoanalizado. Nunca se lo agradeceré lo suficiente. Fue duro, muy duro, pero me introdujo en un camino sanador. Dejé la religión por fin, malogré mi primer matrimonio igualmente -un daño colateral pero fructífero también-; tomé conciencia real de mi paternidad, que por entonces mal debutaba, y comencé a desarrollar tantas capacidades y valores más genuinos que mantenía ahogados. También me decidí a recuperar esas amistades de cuyo desprecio yo mismo me había hecho y mantenido cautivo.

Y hasta hoy. Nunca exento del asomo de trampas de ese pasado, ese modelo grabado al fuego de un ominoso hogar, pero al fin procurando hacer de la vida mi esfuerzo del aquí y ahora, y haciendo así camino propio al andar, sin más destino que vivir para sentirme, antes que para nada ni para nadie, vivo para mí.

NUNCA el deseo ajeno, aunque grato,
cumplas por propio. Manda en lo que haces,
ni de ti mismo siervo.
Nadie te da lo que eres. Nada te cambie.
Tu íntimo destino involuntario cumple alto.
Sé tu hijo.**

*Louise J. Kaplan, Adolescencia. El adiós a la infancia. 1996, Paidós. Psicología Profunda

** Ángel Campos Palomino: Fernando Pessoa, un corazón de nadie. Galaxia Gutenberg. 2001

Confesiones de un paria (I)

Memorias de Gustavo Diego

Remembers

Hay un término en la lengua inglesa, outsider, que además de su acepción similar a foreigner (extranjero), posee un significado más peculiar que puede ser traducido al castellano como ajeno o extraño con relación a algo concreto. Es en este ultimo sentido que también la palabra paria se aproxima a ese concepto universalizado en el vocabulario globalizado de nuestro tiempo de outsider.

Un paria es, en un sentido bien estricto, un apátrida. Pero también se aplica generalmente a alguien ajeno o excluido de algún sistema o colectivo. No en vano, en la India, el paria (dalit) es un excluido del sistema de castas o grupo de privilegiados a todos los efectos de derechos y oportunidades del estatus social, por ejemplo. Este significado de paria como ajeno o excluido de un sistema o mundo concreto, digamos del grupo o colectivo con quien uno coexiste pero al que no pertenece, del que se haya desarraigado o marginado, es uno primero que deseo dejar establecido, y al que le adjudico la acepción paria outsider. Pero voy más allá.

Un paria, en un sentido ontológico o del ser en sí, es también “alguien con una pulsión tan enfermiza por asimilarse al mundo, que está dispuesto a negarse a sí mismo con tal de no sentirse separado de él” (Manuel Cruz, introducción a La Condición Humana – H. Arendt; 2003, Ed. Paidós-). También este significado o acepción lo establezco en este comienzo con vistas al desarrollo posterior de mis consideraciones en este escrito. Para esta acepción reservo paria del self (el sí mismo o identidad de uno).

El 25 de diciembre era el día que los romanos, finalizando las saturnales, festejaban el nacimiento del Sol Invicto, fecha del nacimiento de tantos dioses solares como Mitra, Baal, Horus o Cristo entre otros. No como un dios precisamente nacía yo a este mundo un 25 de diciembre, siendo parido a su luz y a su sombra, pareciendo a posteriori que esta última iba a tomar clara ventaja sobre la primera: una infancia bastante más umbría que luminosa se cernía sobre este yo recién nacido.

Recuerdo aquella primera casa y aquel contiguo parque, esos que fueron escenarios cotidianos en donde habrían de desplegarse mis temores, inquietudes y búsquedas más infantiles, las propias de una cría humana. Esa que J. Bowlby (1969) comprendió como un ser cuyo motor básico, en los primeros años, es la necesidad de apego para calmar su angustia, alarma o inseguridad emocional de desvalimiento, pudiendo así enfrentar y crecer dentro de una realidad circundante a través de esa unidad de vínculo afectivo (una base segura física y mental) con sus progenitores o cuidadores.

Mis progenitores, esos en los que la sombra tomó clara ventaja sobre la luz, donde el crío en demanda de apego llegó a recalar en un niño bien apagado. Así fue que un padre patológicamente ciclotímico y narcisista, con fuertes carencias empáticas, rayante y a veces penetrante en la más funesta e imprevisible bipolaridad, hizo hiriente uso de mí como uno de sus objetos preferidos de descarga emocional, que no de amor. Omito narrar aquí algunas escenas que guardó aquel pequeño cerebro en vertiginoso crecimiento, generando representaciones de la realidad (a través de la relación con su padre) a cual más angustiosa y escabrosa. Una relación fracasada. Una oportunidad, la primigenia del humano, perdida.

Por llorar, me gané el apodo de llorón y la injuriosa demanda, para su diversión, del “llora un poquito, anda”…, hasta conseguirlo. Una y otra vez, uno y otro día. El maltrato no quedaba en lo verbal, había otras formas de hacerme llorar, de derrotarme en mi fragilidad más primitiva: los tocamientos. No hablo, creo, de intenciones de disfrute sexual, pero sí de abuso físico. Tocar y tocar, como en un interminable juego de hirientes cosquillas, hasta generar tu llanto, pleno de dolor y de rabia, también era una costumbre. Yo no era un niño cobarde, ni triste. Yo sólo era un niño. Y si un niño se aterra por una tormenta de inicio brusco que hace temblar los cristales de una ventana, y se vuelve a su padre abrazándose a él para que lo proteja, no se le agarra como a una bestia y se le arrastra con violencia hasta la barandilla de un balcón, obligándole a mirar a las nubes, con medio cuerpo completamente asomado -¡no mires abajo, arriba, arriba!-, hasta que pase la tormenta, con los oídos inundados por trepanadores truenos, el cuerpo sufriendo la lluvia como latigazos furiosos, y la mirada electrocutada por cada cegador relámpago. Y mi verdugo, mientras, pegado a la puerta de cristal, por dentro, vigilando amenazante por si cambio de postura o vuelco mínimamente la cabeza. Mi tía, madre y padre tantas veces, me tuvo en sus brazos la noche de aquel funesto día, apretado, cobijado. Yo era, un día me contaba, todo temblores, llanto y suspiros en aquella interminable madrugada. Carne tomada y vencida por el terror. Y lo seguí siendo, mucho más allá de mi infancia.

Pero habrá buenos recuerdos, algo mejor en tu padre con aquel niño. No lo sé. Si así fue, aquel ejemplar de tirano lo mató para mi memoria, inundada de terror y vergüenza. Y si creces como niño aterrorizado y avergonzado, la conmoción en que te desarrollas no da apenas tregua para que recalen con intensidad otras maneras de quien vives como tu juez, tu humillante y penosa sentencia y tu verdugo, siempre presto a ridiculizarte. Lo poco que eres, lo dedicarás a evitar o calmar su amenazante presencia, intentando que no se desaten nuevas injurias. Y eres poco, eres tan poco…

Mi madre. Cuando acudí a mi primer psicoanalista, allá por mi treintena, una de mis primeras afirmaciones al volver a situarme en mis vivencias infantiles trayendo a mi madre a mi mente sin restricciones ni eufemismos, fue la de “yo he sido un niño con ausencia de madre”. Recalco en versícula el término ausencia porque así lo dije, literal, y porque reúne o condensa nítidamente lo que mamé en mi demanda de relación de apego materno: poco o nada. Puedo aún recordar que, con lágrimas y rabia -las mismas que practicaba diariamente de niño-, tildé a mi madre de manera sintética pero acertada como una puericultora. Supongo que bastante tenía con ser esposa (esposada) de aquel monstruo.

Baste hasta aquí sobre aquel periodo infantil. Echo de menos sinceramente haber tenido unos progenitores amorosos, no solo sustentadores materialmente hablando, pero no fue así. Si, como escribió Rilke, “la verdadera patria del hombre es la infancia”, apátrida me crié.

Cuando alcancé a debutar como adolescente es fácil comprender que yo ya había adquirido la condición, no consciente pero sí sufrida, de paria outsider en el seno de mi grupo familiar o núcleo social primario. Quizá hay algo aún que puede resultar un epítome bien clarificador: si mis hermanos recibieron apodos afectivos y festivos, usando con ellos graciosos apelativos, mi padre me adjudicó el de mi nombre en femenino. Una vejación, no una broma, que se perpetuó en el tiempo.

Pase por la caja

– Buenos días doctor.

– Buenos días, dígame. ¿Qué le ocurre?

– Verá, me he levantado con una sensación de frío no habitual y menos en estas fechas. Como el cuerpo cortado.

– Ajá, entiendo. ¿Qué más, si hay algo más?

– Bueno, lo curioso es…, verá. Más que ‘algo más’, yo diría ‘algo menos’.

– Explíquese, por favor.

– Ocurre que, a mis 72 años, pareciera haber recuperado una extraña agilidad, casi rozando la laxitud, en mis articulaciones, así como el no percibir dolorimiento alguno, cosa que por las mañanas y, desde luego recién levantado, no recuerdo en mi deambular matutino desde hace bastantes años.

– ¿Y esto desde cuándo?

– Hará dos o tres días y, claro, me ha extrañado. Hoy ya, al sumarse esta sensación de enfriamiento, pues me dije: vamos al médico, Nazario.

– Entiendo, entiendo. ¿Se ha tomado la temperatura por casualidad?

– Ah, es verdad. Sí, sí. Bueno, lo intenté. Pero el termómetro debe estar roto. No arrojaba medición alguna, como si no me lo hubiera puesto.

– Bueno, bueno. Vamos a ver. Permítame. Acerque su mano que le tome el pulso. Bien, ahora, por favor, exhale su aire después de inspirar contra este espejo. ¿A ver? Vale, vale. Mire ahora hacia mí que le voy a pasar esta linternita. No parpadee. Bien, así, ahora el otro ojo. De acuerdo, ya está.

– ¿Alguna otra prueba? ¿Me quito la camisa, me tomará la tensión?

– No, no, es suficiente. Verá, seré claro: Usted está muerto.

– ¿Disculpe? No entiendo.

– Muerto, fallecido, que ha palmado, entregado la cuchara…

– Sí, sí, eso lo entendí. Pero no comprendo que esté aquí, hablemos…, y que me diga que no, que de vivo nada. Que la espiché, que estoy fuera.

– A veces ocurre, de hecho no es infrecuente lo que le sucede. Claro, que los síntomas son o suelen ser tan insidiosos que muchas personas -en realidad expersonas- no acuden a consultar. Le explico, lo que presenta es un estado que denominamos Vísperas de la Parca.  O sea, aunque mantenga ciertas funciones de vivo, estas son residuales y muy fugaces en tiempo. No se extiende este periodo más de 3 días como mucho, pero, a efectos prácticos, usted ya es difunto.

– ¿Irreversible?

– Irreversible.

– Vaya, qué cosas. Ya me extrañaba a mí. La laxitud, el frío, la analgesia matutina… Claro, ahora comprendo. En fin, qué se le va a hacer. Hasta aquí llegué, ¿no?

– Pues sí. Visto por el lado bueno, disculpe, el menos funesto, le quedará quizás algún tiempo para despedirse de sus seres más queridos, eso sí, de los que no vivan muy lejos de usted, o sea, de los más cercanos. No sea ambicioso, elija bien. Por lo transcurrido, sus vísperas acaban entre hoy y -ya sería extraño- mañana. Mejor, no piense en mañana. Aprémiese en las despedidas.

– De acuerdo, de acuerdo. Entonces, nada más, me voy ya.

– Espere, lo anoto aquí. Lo de las vísperas, los signos incontestables…

– Doctor, mire, me ha salido como un moratón en el dorso de la mano.

– A ver. ¡Puf! Una lividez, pequeña y periférica. Hay vasos sanguíneos que ya dejan de vehicular sangre y ésta se amontona. Eso es lo que ha observado.

– Entonces, esto va rápido.

– Digamos que lento no va. La Parca Morta -nombre técnico completo- no perdona, y cuando le da la prisa… Borre lo de entre hoy y mañana. Hoy.

– Sí, sí, me voy ya. ¿Alguna cosa más?

– Pues sí. Pase por la caja, haga el favor.

– ¿Tengo que pagar?

– No, no: caja, ataúd. Tomarle medidas. Para el funeral. No debe perder tiempo y, en estos casos, ofrecemos unos ataúdes estándar sólo para que el muerto permita ver a cuál se adapta mejor en tamaño. Habrá funeral, supongo.

– Sí, sí, claro. Bueno, espero, yo no estaré para verlo, es evidente.

– Pues nada más. Se le amorata el lóbulo de la oreja derecha. No se demore más, y siento su deceso. Mi más sentido pésame.

– Gracias doctor, muy amable. Al menos no he sufrido mucho con agonías, tratamientos  paliativos, o encarnizamientos salvajes de esos y tal. Y me puedo despedir de mi familia, o al menos intentarlo.

– Me gusta que sea capaz de ver el lado positivo de todo esto.

– Bueno, el negativo ya lo ha puesto la parca esa, ¿no? Pues, a ver… Ah, solo una cosa más. ¿Usted que piensa de eso de la resurrección? ¿Se sabe algo?

– No, nada a ciencia cierta. Ningún muerto en vísperas, perdone la expresión, ha vuelto a consulta, y nada hay publicado tampoco al respecto. Si usted saliera de ésta, le ruego que venga y así lo anotamos. Lo podríamos incluso publicar.

– Bueno, siempre hay un primero para todo. Aunque lo mismo le tomo el gusto a la nada, y a ver quién aparece otra vez por aquí, ¿no? Adiós doctor, gracias de nuevo.

– Venga, corra que se apaga. ¡Hasta nunca!

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El garaje Rima

Le despertó la misma inquietud con que se acostó y un cierto olor a plástico recién desembalado. Aunque le había vencido el sueño, se durmió con una mezcla de agitación y cansancio, lo que aseguraría un despertar temprano para dar cuenta de la ilusión cumplida una vez más, como cada año, donde puntualmente la magia acudía a su cita con él y con sus hermanos.

Asomó desde la cama superior de la litera. Su hermano, alguno de los dos, le había dado ya a la luz y el jolgorio había quedado convocado. Eso sí, sin estruendos ni gritos, porque aún era de madrugada. Amanecería más tarde, pues afuera seguía gobernando la misma oscuridad con la que cerró los ojos horas antes junto a una sonrisa premonitoria.

¡Mira la rampa! ¡Pon los coches en fila! ¡Voy a echarle a este gasolina!¡Mira, mira, hay un ascensor para subir los coches! Jugaban los tres, sin saber muy bien a qué. Improvisaban, se repartían el juego creándolo, sin instrucciones ni más concierto que el ir descubriendo cada detalle, cada sorpresa de aquel regalo venido de Oriente a cuya orilla se sentaban como bien podían los tres.

Garaje plegable ponía en la caja y plegado se dibujaba en su anverso. Pero allí estaba, perfectamente ensamblado pieza a pieza. La rampa majestuosa, el elevador de esquina, el surtidor de gasolina a la entrada, los coches dispuestos para entrar, los distintos pisos con sus estacionamientos… listo todo para jugar. Ahí fue que su pensamiento se fue a otro lado de la casa, hacia él. Quería enseñárselo, abrazarlo y gritarle que el milagro ya había sucedido de nuevo, que ya cesó la espera por ver si habría llegado la carta, si alcanzarían aquellos magos tan lejanos entonces a encontrar lo que ellos habían pedido, si podrían entrar por la ventana entreabierta del salón donde les habían dejado agua, garbanzos y algún dulce con que reponer sus reales fuerzas… Se impulsó a levantarse y correr pasillo arriba.

Pero se detuvo, miró a la entrada del cuarto. El pasillo estaba como el patio al que se abría la ventana de la habitación: oscuro. Ningún ruido, solo sus risas y aún torpes maniobras con el garaje, pero leves, discretas, calladas. Demasiado temprano. Eso sí, mientras un oído estaba en la fiesta, el otro andaba pegado al pasillo. Atento al interruptor de su mesilla, a su bostezo de recién despierto -cuando solía recogerse una lágrima que siempre le caía al despertar, no lloro, es una “rija”solía decir-, al deambular de aquella zapatilla coja cuya cercanía era denunciada por una loseta partida como dispuesta a propósito. Presto a correr y correr, abrazarlo, reír y gritarle ¡ven, ven, lo han traído, mira…!

Con toda la inocencia de quien desea, más que el regalo, ver su cara, su asombro, sus besos y abrazos, su voz -¡venga, vamos a ver!-; su posarse con ellos junto al garaje, su saber cómo jugar realmente, descubriéndoles todavía secretos que ellos no habían podido destripar… Sí, como cada año, como cada anhelada y mágica noche.

Esa misma inocencia y desconcierto que figuran hoy sus ojos, su verborrea sin sentido, su ignorancia de cualquier tiempo y espacio presentes… Esa que se te clava en lo más hondo, hiere y desgarra dejando asomar aquel niño que jugaba contenido aquella noche, más que todo fijo en saltar a correr donde sonaba aquella zapatilla coja, justo al encuentro de la loseta siempre rota.

Luz de oscuridad

Ese era su destino, sí. Había sido llamado a realizar algo grande, inmenso, lo que haría de él una estrella que brillara no solo dentro de los límites de este pequeño, casi despreciable mundo, sino en todo el universo, con una luz además inagotable. Una luz capaz de extenderse junto con la propia expansión del universo, alumbrando todo lo conocido y por conocer.

No se trataba por supuesto de un simple humano, alguien con un sello de actor de reparto, un secundario con escuetas y vulgares apariciones, y una férrea e hiriente sumisión a las miserias que salpicaban ese escenario donde hasta entonces se había desarrollado una obra coral en la que el papel de uno más -o uno menos-, un perdedor entre desdichados, era toda su fortuna presente y, estaba convencido, futura. Hasta entonces, claro, pero ya no.

Ahora iba a demostrar su grandeza, su verdadera y hasta ahora escondida esencia, más que a sí mismo a todos los demás congéneres, como una nueva y definitiva epifanía, porque ¿de qué sirve agotarse en el ser para sí mismo, no alcanzando a cegar con tu descubierto y portentoso brillo a todos esos que te querían relegar, te suponían un igual, que no sabían de tu gloria, sujetando ignorantes tu despegue? Ellos, tan profunda e insultantemente mundanos.

Por su nuevo y emprendido camino, el que había acertado a marcarle un resplandoroso dios recién aparecido mas como él preexistente, del que llegaría a ser su hijo más amado, vengando la cruel humillación de ser el ramplón hermano de otros hermanos, se topó casi de bruces, en uno de esos momentos de extraños ahogos que difícilmente podían justificar la marcha de sus pies, con un oráculo, un viejo y a sus ojos amable oráculo, al que se detuvo a escuchar:

Vivir enfocado en trascender la insoportable levedad de los demás es una manera ideal e inútil de negar la propia y frustrante fragilidad. Pues uno es el mundo, el mismo aquí, ahí o allá, y sin él nadie existe, ni antes ni después de él. 

Pretender despreciar la propia contingencia y finitud mediante una supuesta y distintiva iluminación que exhibir y constatar ante los otros, es toda una genuina manifestación de desprecio, pero a uno mismo. 

Abdica por tanto de ser el trascendente hijo de una luz divina y sé sólo hijo de ti mismo entre tus congéneres, una simple pero dispuesta posibilidad en y para este mundo. Solo así llegarás vivo -por consciente- a la muerte, único final posible, sin duda también para ti.

Pasó allí la noche, alcanzado por el sueño mientras rumiaba cada una de las palabras oídas y sentidas. Llegada la mañana, miró un momento atrás con el gesto de un rostro vencido, no apagado. Volvió la cabeza con una visible, intencionada sacudida, como quien deja caer kilos y kilos de mente espesa, mortecina, podrida. Se ajustó entonces bien el calzado, tomó sus cosas y, tras sonreír -¿cuánto hacía que no sonreía así?- al oráculo, siguió adelante. Pero, esta vez, por un camino bien distinto y a la sola luz de un sol recién asomado.

Gaitero

La chica del autobús

Ya hace unos años que la conozco y ahora nos seguimos viendo en algunas conversaciones que pactamos a modo de seguimiento, a veces presenciales, en alguna ocasión telefónicas e incluso mediante correo electrónico, pues vivimos en ciudades distintas.

Cuando la conocí vivía en mi misma ciudad, donde empezaba a estudiar una titulación profesional. Había dejado atrás su pueblo en una provincia limítrofe y no lejana, si bien le obligaba a residir de lunes a viernes en esta ciudad donde ahora iniciaba sus estudios. Cuando nos vimos la primera vez, a causa de sus dudas sobre si seguir unos estudios para los que no se sentía capacitada pues, a su entender, le superaban y entendía que era perder el tiempo y tirar el dinero de su madre, le propuse hacer algunas entrevistas sin que por ahora realizara esos cambios que ella presumía imperativos.

Lo cierto, como llegó a verificarse, es que su estado emocional le estaba obligando a creer que tal imperativo era categórico, o sea, su creencia de incapacidad y abandono consecuente reflejaban unívocamente la realidad en ese momento. Pero también ocurrió que la ansiedad ligada a ese estado emocional le había llevado a aceptar esa primera entrevista, pues se encontraba muy negativamente afectada.

Tras presentarnos y expresar la creencia que ya he reseñado antes sobre su situación actual, le pregunté que por qué pensaba que no iba a poder llevar adelante su curso, y de una manera tan contundente según me parecía observar (suelo hacer muchas veces esta salvedad o apunte para que el paciente capte que me puedo equivocar, uno, y que me puede corregir, dos. Eso mejora, a mi juicio, la terapia como comentalización o pensar a dos de manera intersubjetiva). No tardó en traer su trauma, su acontecimiento más determinante hasta ese momento en su vida, tal como ella lo sacaba a la conversación: los abusos de su padre durante toda su infancia. Un sujeto alcohólico y violento que maltrataba a su madre y gozaba aterrorizándola a ella y a su hermana mayor, con amenazas y hechos, como echarlas de la casa ya de madrugada, dejándolas toda la noche al pairo en un rellano. Alguien de quien su madre se separó y logró sentencia de alejamiento, pero que acostumbraba a aparecer en forma de merodeos, llamadas…, siempre como amenazas.

Pues bien, la cosa era que estaba en un sinvivir desde hacía unas semanas porque decía que había visto varias veces, aunque hacía la salvedad de que le extrañaba esa posibilidad y quizás era una confusión, a su padre por la calle acercándose ella en el autobús a su piso de estudiante a la vuelta del centro de estudios. Se sentía mal, pensaba que iba a por ella, que buscaría vengarse o usarla para amenazar a su madre. Era difícil para ella sobrellevar tal cosa. De hecho, solía, cuando lo veía, bajarse en otra parada alejada de esa calle.

Ni ese día, ni posteriores, me centré en tal hecho, aunque me impactó lógicamente. Yo había aprendido que antes que nada es conveniente explorar el funcionamiento mental de un paciente y no precisamente solo a partir de o quedándose detenido en un dato, por importante o dramático que parezca o sea. Claro, tampoco lo obvié: ¡qué tipo de relación confiable podía inaugurar si ignoraba algo que ella comunicaba como capital y cargado de angustia! Le comenté cómo ese suceso comprensiblemente doloroso que vivía en el autobús, ella era capaz de observarlo en una doble vertiente: podía ser real, o bien podía ser una ilusión de su mente, pues le resultaba bien extraño. A renglón seguido le invité a reflexionar sobre si su “incapacidad” para llevar adelante sus planes actuales, podíamos entender también -al igual que expresaba ella con la visión del autobús- que pudiera ser no algo consumado, real y sin matices, sino una creencia más que una profecía. Asintió en otorgar y otorgarse por tanto el beneficio de la duda. Y nos despedimos hasta una nueva cita que acordamos.

Nos estuvimos viendo semanalmente durante dos años. Hoy está titulada y es una buena profesional. Por supuesto en estos años, a veces con experiencias reales, a veces sin ellas, ha aparecido ese temor que marcó notablemente su infancia y le supuso un bloqueo que ha podido ir superando. Pero pienso que no centrar el tratamiento  en ese trauma, no tomando a este como núcleo de todo su bagaje vital y nuestras citas, a la par que invitarla en sesiones y sesiones a considerar, reconocer y valorar tanto esfuerzo personal en esos aspectos de su vida que le habían permitido seguir sus estudios, colaborar en el negocio de la madre, tener alguna relación y, cuando negativa, separarse de ella; decidirse por dar el salto a estudios superiores, valerse en otra ciudad, hacer nuevas amistades, sostener la terapia…, fue lo realmente fructífero a la hora de recuperar déficits en su funcionamiento mental, expandir su vitalidad, su confianza y autoestima, su creatividad personal.

Por supuesto también en superar el trauma, un acontecimiento negativo y doloroso pero no determinante de su vida adulta, y dejarlo en algo que lamenta y recuerda pero no inunda ni bloquea sus otros modos de funcionamiento como mujer. Lo cierto es que, doy fe, hace mucho tiempo que ya no es la chica del autobús, aquella que solo parecía en su disfunción mental condenada a prolongar un trauma infantil y poco más.