El nuevo paradigma reticular

Tenemos que asistir, ya empieza a ocurrir, a un escenario de la psicoterapia donde abundarán trastornos, en cuya base encontraremos el hábito cronificado e insano de confundir redes sociales (léase facebook, instagram, etc.) con vínculos afectivos, así como mensajerías instantáneas (léase p. ej., whatsapp) con estados de convivencia y diálogo efectivos y reflexivos.

Amigos o contactos de redes y de chats instantáneos, con sus likes y emoticones, suplantarán o subvertirán la amistad y el aprecio más honestos y ciertos, por verborreas y exhibiciones emocionales tan aduladoras como vacías, pero capaces de crear severa adicción. Lo mismo que la impúdica circulación de imágenes expuestas buscando el aplauso al mejor estilo de espectáculo circense o de trivial pase de modelos, va a ningunear al más esforzado trabajo de labrar una imagen personal que hable realmente de tu subjetividad, y comparta quien realmente eres entre los demás.

Tal confusión entre realidad y virtualidad, donde esta, además, satisface la pueril necesidad de la inmediatez en la gratificación y la continua disponibilidad del otro, fomentando el principio del placer en detrimento del principio de realidad, no ha de dejar de pasar factura. No solo individual, sino como un fenómeno cultural que creará una civilización aún más sumisa y devota de aquellas corporaciones y grupos que están detrás de este paradigma reticular, contrario a la madurez tanto mental como cívica y social. Todo ello con la creencia de haber cimentado una autoestima a prueba de bombas que, al final, cualquier mínima erosión o frustración vital demolerá sin piedad, evidenciando que todo ese pensamiento mágico no sustentaba más que nadería adornada por tantas y tan falsas etiquetas, adherencias sin raíz.

En todos nosotros habita un modelo infantil, con sus modos operativos y sus expectativas, pero infantil, de otra época. De otro tiempo, es una memoria inconsciente pero viva que, excitada poderosa y continuadamente, nos puede convertir en carnaza dependiente y servil. Y hay demasiados grupos de poder sin escrúpulos que lo saben. Gobiernan esas redes sociales como los chats presididos por la instantaneidad.

Primera entrevista

Era la primera entrevista. Se le veía bien hundido. Saltaba de una situación a otra, donde la tristeza o el dolor presidían la experiencia personal en ellas. No dejaba de peinar con presión digital intensa su pelo hacia atrás, como quien desea despejar la cabeza. Miraba hacia abajo, caído, entre frases, o se perdía en la lejanía a través de la ventana, cual si soñara una manera de escapar o ver otro horizonte. 
Al tiempo, me miró a los ojos preguntándome:
– ¿Qué cree que me está pasando?
 No apartaba ya su mirada, esperaba una respuesta, quería respuestas. Me incliné hacia delante extendiendo mis brazos y abriendo mis manos, y le contesté:
– Parece que ha encadenado últimamente experiencias muy dolorosas. Le noto agotado. Debe estar muy cansado, como quien solo encajara golpes y está desfondado. Creo que necesita dejarse vencer de alguna manera sin miedo a perderse, a que no haya ya opciones después. No siempre se puede, ni quizá sea bueno, resistir y sólo resistir.
Agarró mis manos, echándose a llorar desconsolado, de nuevo cabizbajo, como desahogándose, apretando con fuerza.
Hago un pequeño paréntesis: Yo abdicaba, sin pretenderlo, en ese momento del método en que entonces me formaba, donde la abstinencia afectiva y la asepsia emocional eran una regla. Nunca jamás volví a contemplar esa regla, la verdad sea dicha.
– ¿Sabe? -me dijo mirándome de nuevo a los ojos sin esconder ni secar sus lágrimas-. Creo que necesitaba esto hace mucho, demasiado tiempo.
– ¿Qué quiere decir?
– Pensé que empezaría a darme consejos, a hacerme preguntas, yo que sé. Pero siento como si me hubiera abrazado y dicho “puedes descansar, descansa sin miedo”.
Fue así que solicitó volver a vernos, siendo la primera de muchas citas posteriores.
abrazo