Dios: eso ajeno que debe quedar ajeno

Eso que de diversas maneras o distintas formulaciones y atributos, mono o politeístas, se ha llamado y llama Dios, no deja de ser, bien el reflejo de alguna experiencia humana (llámesele gnóstica, espiritual, mística…), o una creencia hecha tradición colectiva, también de origen humano.

En cualquier caso, decir creo en Dios (el que sea), es decir "asumo tu experiencia humana a la que has llamado Dios", o "me sumo a vuestra tradicional creencia a la que llamáis Dios". Pero ni una ni otra muestran la existencia real, propia y no humanamente proyectada de Dios alguno. No deja nunca de ser la existencia de Dios, una opinión, sea ésta personal o colectiva.

No niego el notable impacto de tales creencias y lo comprendo. No es fácil tolerar el temor y la incertidumbre inherentes a la vida humana, siendo que el humano puede ser consciente de ello y parecerle terrorífico o angustioso. No digamos lo aberrante que puede vivirse el hecho de que inteligencia, voluntad, amor, belleza…, sean todos nobles atributos cuyo destino no es la continuidad o el vivir eterno, sino caer al final en una nada como es la muerte. O rebelarse ante el sentimiento de lo injusto del dolor y las penas, sufrimiento en tantas formas y tantas veces tan crueles, sin compensación alguna o resarcimiento en una continuación de vida que redima de todo ello.

Curioso que se suela atribuir a eso llamado Dios la perfección, la omnipotencia y la omnisciente sabiduría, y no se cuestione cómo casa eso con una creación o existencia nuestra de calado tan frágil e imperfecto. Algunos dicen que eso es por el pecado y el mal introducidos en el mundo de forma ajena a Dios. ¿Cómo en un Dios perfecto puede caber la noción de la existencia del pecado y el mal? Si Dios es todo y sin Dios nada existe, ¿no serían pecado y mal también criaturas o atributos suyos? ¿Puede el "todo saber perfecto" ser contradictorio o aleatorio? Y si la respuesta es que los caminos de Dios son inescrutables, ¿qué relación – religión – consciente y justa con tal Dios puede darse?

Siendo, en fin, algo perteneciente al terreno humano de lo inconsciente y acientífico, del pensamiento mágico y siendo, como también es, un aspecto de la intimidad de cada uno, sea en forma individual o compartida, cualquier creencia en divinidades (las religiones) no puede suponer ni permitirlo, ser base o fundamento de leyes o normas de la ética civil comunitaria, de las pautas convenidas por la civilización o ser del conjunto de la ciudadanía. Eso es lo único, para mí, realmente importante o relevante. Por eso, el laicismo social: cívico e institucional, es radicalmente necesario e imprescindible.

La religión, fuera del espacio personal o privado de cada cual, o del espacio de un colectivo creyente, no debe generar influencia alguna. Se puede predicar, claro, a quien te quiera escuchar. Pero no pretender influir el devenir civil, ciencia y ética de las sociedades, con postulados que apelan como fundamento a un Dios. Ningún cauce social, del común ciudadano, debe ser puesto a tal servicio.

Y ello empieza por sacar a las doctrinas religiosas de la escuela, que debe ser laica y no proselitista. El adoctrinamiento religioso tiene su sitio en los espacios particulares o singulares de los colectivos creyentes, pero no fuera de ellos. Que padres o madres puedan tener derecho a transmitir sus creencias a sus hijos o hijas, no es sinónimo de que puedan decidir cómo ha de ser la educación en la escuela. Que adoctrinen, vale, en sus casas y en cualquiera otra dependencia de sus instituciones religiosas junto a sus presbíteros, catequistas, rabinos, pastores, imanes o como se llamen tales autoridades en su fe.

Por último, aunque vinculado a lo inmediatamente anterior, una postura radicalmente laica debe impedir el abuso de menores y el atropello cívico en general, que supone tolerar la vulneración de la libertad de conciencia y el pensamiento científico, lógico y crítico, en la escuela, que conlleva permitir cualquier proselitismo en sus espacios de aprendizaje.

Lo que firma, finalmente, uno que niega que un hijo o hija sean propiedad de un padre o una madre, y que considera el adoctrinamiento religioso de infantes y adolescentes, un flagrante abuso de menores, de su conciencia naciente e inmediatamente sometida, desde el bautismo o cualquier otra forma de iniciación, según qué religión, de niños y niñas.

Honra a tu padre y madre, o no

Uno de los llamados diez mandamientos, sagrados mandatos de la tradición judía, luego cristiana, manda al hijo o hija honrar al padre y a la madre (libro del Éxodo 20:12). Pero, ¿y si el padre o la madre deshonraron al hijo o la hija? No está ese mandamiento, el inverso, en cualquier caso siempre previo y fundador de la relación: honrar a la cría.
Y es que tal mandamiento pertenece a un pretérito y cultura donde un niño no es nada en tanto que niño. Lo de la niña era aún peor: era mujer. Según el Talmud judío, autorizada interpretación rabínica de la Ley o Torá entre los judíos, esa misma ley que ordena la honra filial como designio divino inapelable, un hombre judío debe dar gracias diariamente a Dios por no haberlo "creado gentil, mujer o esclavo". (Menahot 43b-44a). Juzguen ustedes mismos la calidad y valor humanos de tal despropósito para cualquier tiempo pero, es el caso, para el nuestro, el de hoy.
Desde un punto de vista humanista, laico y de nuestro tiempo, cabe formular la cuestión en términos relacionales y no imperativos, mucho menos de obediencias religiosas, por supuesto, salvo que uno o una decida tal ceguedad existencial. Así, la formulación a que me refiero sería en estos términos: Padre o madre, si deshonró a su cría -hijo o hija-, no espere de ella honra alguna. Esto, como ven, no es asunto ya de leyes, divinos designios u ordenanzas, sino de justa correspondencia vincular.
Por eso, hijo o hija, si quienes te tuvieron como cría no te dieron honra (estima y respeto de la dignidad propia, según la Real Academia de la Lengua Española, en su primera acepción), no albergues culpa por tu falta de motivación o deseo en darles honra a tu vez. Nunca puede esperar respeto, estima, devoción o amor filial, un padre o madre que no lo dieron o, peor, ignoraron o maltrataron sin ningún respeto o miramiento la otredad del hijo o hija cuando, peor todavía, era una mera cría vulnerable y necesitada de apego.

El nuevo paradigma reticular

Tenemos que asistir, ya empieza a ocurrir, a un escenario de la psicoterapia donde abundarán trastornos, en cuya base encontraremos el hábito cronificado e insano de confundir redes sociales (léase facebook, instagram, etc.) con vínculos afectivos, así como mensajerías instantáneas (léase p. ej., whatsapp) con estados de convivencia y diálogo efectivos y reflexivos.

Amigos o contactos de redes y de chats instantáneos, con sus likes y emoticones, suplantarán o subvertirán la amistad y el aprecio más honestos y ciertos, por verborreas y exhibiciones emocionales tan aduladoras como vacías, pero capaces de crear severa adicción. Lo mismo que la impúdica circulación de imágenes expuestas buscando el aplauso al mejor estilo de espectáculo circense o de trivial pase de modelos, va a ningunear al más esforzado trabajo de labrar una imagen personal que hable realmente de tu subjetividad, y comparta quien realmente eres entre los demás.

Tal confusión entre realidad y virtualidad, donde esta, además, satisface la pueril necesidad de la inmediatez en la gratificación y la continua disponibilidad del otro, fomentando el principio del placer en detrimento del principio de realidad, no ha de dejar de pasar factura. No solo individual, sino como un fenómeno cultural que creará una civilización aún más sumisa y devota de aquellas corporaciones y grupos que están detrás de este paradigma reticular, contrario a la madurez tanto mental como cívica y social. Todo ello con la creencia de haber cimentado una autoestima a prueba de bombas que, al final, cualquier mínima erosión o frustración vital demolerá sin piedad, evidenciando que todo ese pensamiento mágico no sustentaba más que nadería adornada por tantas y tan falsas etiquetas, adherencias sin raíz.

En todos nosotros habita un modelo infantil, con sus modos operativos y sus expectativas, pero infantil, de otra época. De otro tiempo, es una memoria inconsciente pero viva que, excitada poderosa y continuadamente, nos puede convertir en carnaza dependiente y servil. Y hay demasiados grupos de poder sin escrúpulos que lo saben. Gobiernan esas redes sociales como los chats presididos por la instantaneidad.

La infinita soledad de ser

Cuando el transbordador se alejaba de la costa y se adentraba en un mar progresivamente expansivo, el cual se disponía a llenarlo todo en derredor, en el horizonte al que nos dirigíamos ya se había hecho la nada: ninguna costa, ninguna tierra construida, nada sospechosamente humano. Y esa era la paz que sentía, que inundaba mi respiración y me dejaba en la impasible quietud de un tipo felizmente desconectado.

Ahora lo sé o, mejor dicho, le pongo texto a ese y otros contextos semejantes donde me ha inundado una sensación parecida o similar. Cómo vibro interiormente al llegar a un aeropuerto, dirigiéndome en breve a la sala de espera para el embarque. No digo nada del profundo bienestar que me provoca el despegue e ir observando como el suelo va quedando abajo, cada vez más lejos, contraído, despreciable al poco a la vista hasta finalmente desaparecer. El tiempo en que tomo una carretera o enfilo la autopista, abandonando la ciudad donde vivo, es momento de parto, de alumbramiento, de nacer -o renacer-. Sí, partir es nacer; ser parido, expulsado del vientre inmundo del cotidiano coexistir, del obligado convivir con eso conocido hacia aquello que no es, no está. Aquello que no sé, mundos que desconozco y no participan en mí de esa enfermedad llamada hastío social.

El hastío social es una forma, la más cruel, de soledad o vacío. Porque, entre otras cosas, es una enfermedad, una tara genética y, así, es ineludible. El humano es un ser social, estigma que debuta ya con la necesidad de apego y crianza al momento de nacer. Estamos obligados por naturaleza a ser criados-por, crecer-entre y colaborar-con. El humano es ser-con desde el primer instante de su ser-arrojado-ahí (mundo), tal como lo definió Heidegger y esa es, opino, su fatal desgracia. Sí, el infierno son los otros (Sartre). Lo contrario, su reverso, es la muerte en vida, o muerte misma, por inanición. Pero este anverso del hastío social es una soledad tan irritante como agotadora, un estado indeseable al que estás abocado, sí o sí. Terrible, porque no puedes evitar relacionarte y porque, desde su inicio, cualquier relación nueva pronto será inevitablemente vieja, llena de todos los vicios que te sumen en un nuevo ámbito de hastío social, figura de una soledad deprimente, insoportable. Un vacío que te convoca al suicidio: ¡no tienes escapatoria! Es así que el mundo es un lugar tan horrible: o hastío social o suicidio. Pero, amigo, el suicidio no es asunto fácil, ¿verdad? Bueno, la idea del suicidio como posibilidad, aun siendo mortal, supone un alivio, pues hace más tolerable la ominosa condena del incombustible hastío de este obligado vivir así (Cioran).

La soledad querida, o buscada, esa en sí misma episódica, también por naturaleza, es tan amable como amada. Pero no es perdurable, tan solo ocasional. En la vida humana posee un lugar tan efímero como un recreo en un día de escuela. La soledad por hastío social es perenne, omnipresente, incluso cuando sueñas: o sueñas estar en ella, o huir de ella. Ella te gobierna. Una soledad, repito, irritante, cargante, opresora. Siendo rehén, primero, rehén y verdugo después, allá donde caes, de una sociedad desenvuelta en múltiples formas de ágoras donde circulan y chocan, cruzan y traspasan, saltan y golpean, emociones perturbadas y perturbantes, desatinos continuos, hipocresías y cinismos absolutamente obligatorios -por más repugnantes- para poder seguir mirándonos a las caras… ¡porque tenemos que seguir mirándonos a la cara día tras día! Lenguaje lleno de verbo y sin verbo, cúmulo de falsedades. Curioso es que tenemos clasificadas todas las perturbaciones del desboque emocional lacerante, en todas sus formulaciones, así como todas las caras de la falsedad que practicamos día a día para nuestra supervivencia, dado lo obligado de coexistir. Pero darles nombre, no cambia nada. Sólo damos nombre, pero nos gobiernan desde la cuna. Somos su dominio, ellas realmente nos nombran, nos significan. Al fin, no somos buenos ni malos: es el ADN de esta nuestra especie, mamífera y mamona, que te chupa la existencia.

A mí todo esto, como rehén y verdugo, me da asco, mucho asco. Y cada vez más. Porque ya no es tus pequeños y separados núcleos o ágoras sociales: familia, amistades, colegas de trabajo, conocidos circunstanciales, etcétera, que podía ser más llevadero quizás. Ahora todo confluye, y lo portas contigo de continuo, en este nuestro mundo convertido en red perpetua, conexión ininterrumpida que, por más que la obvies, te atrapa de una u otra manera. Y si pretendes hacerles caso completamente omiso, te descuelgas. Sí, te quedas fuera de  juego, excluido o marginal. Internet, con todas sus arácnidas versiones, ha logrado que todas las ágoras se abran a una inmensa, omnipresente y omnipotente ágora hecha aldea, que labra en ti el hastío social de mayor soledad, con tentativas continuas de confusión desrealizadora y despersonalizadora, mediante el bombardeo sin fin de eslóganes e imágenes uniformadores mentales, dignos de la peor de las cavernas platónicas imaginable.

Por eso es que me fascina, me hace volver a nacer, sin contaminaciones sociales afortunadamente detenidas en tales circunstancias, viajar con rumbo a lugares donde soy desconocido y desconozco la otredad de quienes allí viven. Es como navegar por un tiempo previo a la funesta socialización y su inveterada secuela: la soledad del hastío social. Por eso, cuando puedo, escapo, y no hay confín que yo no visitara. Los encadenaría uno tras otro, sin dar ocasión al regreso a la estúpida caverna de mi ciudad, esta donde esa soledad me hiere (y yo hiero), hecha de ágoras en red con lenguas, gestos y modos que domestican, hasta la despersonalización misma si te descuidas, lo que pudiera haber en ti de genuino o espontáneo. Por más estrategias de pensamientos positivos e inteligencias emocionales que te vendan o de amistades virtuales siempre disponibles, comprensivas y donadoras de “likes” que con tanta caricatura te compongan, lo social te va a ir matando desde que naces. Con ellas creerás ser feliz, o que te haces a ti mismo y vanagloriarte de cuán independiente eres. Me río. Cualquiera de ellas no es más que otro, entre otros, programa o modalidad alienante de esta caverna, esta aldea, el ágora, la red… ¡Qué condenado hastío, soledad infinita!

soledad gente

Religión y estupidez

Creer en la llegada de un mesías divino, salvador ungido por un dios, tras diásporas varias y holocaustos, incuestionables pruebas de un sin-dios por más torá que muestre un todopoderoso ¿enamorado? de su pueblo elegido… ¿En serio? Amores que matan. Un pueblo elegido, al parecer, para matar y ocupar a otro pueblo, según se ve y es su sionista orgullo criminal.

Creer que un palestino ejecutado hace miles de años, ignorado por los textos realmente históricos, es un mesías para toda una humanidad, cuando en sus libros sin historia real hay contradicciones severas entre lo apócrifo y lo canónico, libros que no dan existencia por más personajes que lo ocupen, y llenos de fábulas y leyendas que igual se adjudican a otras divinidades solares llamadas falsas por estos creyentes (lean los ciclos de Mitras u Horus, y varios más, no invento nada y, en cambio, todos sus ingeniadores se han copiado de lo lindo entre ellos).

Seguir disciplinas de rezos, ayunos, sharias…, porque un mesiánico beduíno delira en su desierto y los alienados e impíos infieles resultan ser los demás… y hay que hostigarlos hasta la claudicación del mundo a su Alá.

Sí, la estupidez tiene muchos nombres, pero religión es uno de sus más decididamente nítidos, reveladores y, cosas de tanto estúpido detrás, fanáticamente peligroso para la convivencia en libertad.

 De Google Images

Llámame populista, pero no lo soy

Cansa, a veces hasta el hastío, ese trato intencionadamente insultante de “populista”, “rompe-España” o “podemita” y sus vulgares sinonimias: “chavista”, “bolivariano”… Uno se lo toma con buen humor y lo deja estar, qué va a hacer pero, en el fuero interno, causa su cuota de indignación. ¿Por qué? Me explico (y sé que esto explica a muchos de los millones de ciudadanos y ciudadanas, diana de tales calificativos, que hemos optado en las últimas elecciones por candidaturas de o en torno a Podemos):

– Optar en unas elecciones democráticas por aquella opción que mejor te parezca pueda contribuir a mejorar aquellos factores que estás estimando como más necesarios o perentorios en ser afrontados, no significa necesariamente, y en mi caso que es el caso no lo es, que seas un militante, ni un hooligan, un abanderado de partido, un defensor de ideologías concretas o cerradas, ni un terrorista social. Sea del espectro de la denominada derecha o de la tildada como izquierda, según la convención al uso, uno solo busca inclinar la balanza política en el sentido que considera más ciudadanamente, más civilizamente adecuado: hacia el liberalismo económico o hacia la socialdemocracia; hacia el conservadurismo social o de lo establecido o hacia el progresismo o cambios profundos en ciertas reglas por más arraigadas que puedan estar; hacia el bienestar con acento individualista y trato deferente a los otros (precarios, marginados, pobres, excluídos…) vía leves concesiones entre caritativas, condescendientes e interesadas, o hacia el bien común basado en la justicia e igualdad con mayúsculas. Y así, todos los ejemplos imaginables en nuestra sociedad, según qué faceta: laicismo, medio ambiente, género, fiscalidad, concepto de unión europea, carácter de las relaciones exteriores, memoria y reparación histórica del franquismo… En estas tendencias yo, soy el caso o ejemplo, me muevo en la llamada izquierda.

Si yo pensara que todo votante del Partido Popular es un avalista de la corrupción, la desigualdad o la confesionalidad disfrazada pero real del Estado, o el llamado “capitalismo de amiguetes” junto a la manipulación descarada de la justicia, estaría dando calificativos o juicios de valor muy seriamente denigrantes para millones de conciudadanos, más aún si incluyo a los que votando otras opciones han conseguido respaldar la continuidad del gobierno de un partido netamente mafioso. Pero me cuido de hacerlo por respeto a muchos de ellos, por otra parte buenos amigos y también familiares entre ellos, a los que no tildaría yo de tal condición en principio.

– No considero el voto o el contribuir a una opción, una adhesión incondicional, ni el inaugurar o establecer una tradición democrática o una costumbre participativa inmutable. No es algo que me identifique ni me signifique más allá de ser mi opinión contingente, del hoy, por mera preferencia entre las propuestas a los problemas e interrogantes del presente, entre las existentes, como más adecuada o necesaria, sin que ello signifique un cheque en blanco, una actitud acrítica, una inercia por herencia o tradición enquistada, un ser de ‘un bando contra el otro’… Nada en fin con carácter inmutable y de lo que deba yo ser una especie de valedor a ultranza en todo momento y solo por el hecho de otorgar en determinadas circunstancias mi confianza y apuesta democrática.

En cambio, sí observo que el denostarme con los calificativos ya expuestos al principio (pretenderlo quiero decir, sin éxito por supuesto) suele provenir de individuos con un pensamiento muy concreto, por no decir rígido, poca o nula tolerancia a lo diverso -y menos si antagónico-, cierto o grave afecto -por acción u omisión- con el legado sociopolítico del franquismo, voto electoral acrítico al Partido Popular una tras otra convocatoria electoral, con el mantra de “todos son iguales” sumado a ” quienes mejor defienden / gestionan a España son estos”. Sin que haya evidencia alguna ni de lo uno ni de lo otro, sino más bien todo lo contrario. Salvo, claro, ese sector de entre tales sujetos que entienden por “defender” exhibir con soberbia y tono de arma arrojadiza banderas rojigualdas (yo le llamo sacar ‘paquete’), sostener el nacionalcatolicismo sociológico a ultranza (vía acción egosintónica, vía omisión interesada, vía “así al menos frenamos a los rojos”) y llenarse la boca con vocablos como “patria o patriotismo” o, otro ejemplo, la sin contenido pero con mucho escaparate propiamente ducho populista “marca España”.

– Si alguna opción política ha demostrado con creces, en los parlamentos nacional y autonómicos, ayuntamientos y gobiernos, su sistémica identidad de corrupto, el despilfarro y saqueo continuo del dinero público, las leyes más favorecedoras de grupos oligárquicos (con pertenencia incluida a ellos), el absoluto desprecio por las políticas ecológicas como también por las igualitarias (y recuerdo para malpensantes que decir igualdad no es decir uniformidad, sino referirse a oportunidades sociales y derechos cívicos, así como el obligarse a los deberes según las leyes democráticas sin distinción de personas por su condición social) y, por supuesto, un afán liberalizador consumado en la entrega de bienes públicos básicos o estratégicos a ‘amigos’ y, vía estos, a sí mismos en muchos casos, con consecuente ruina para el conjunto social que, además, sufre -sufrimos- sin respiro (y al amiguete protege) el consabido dogma del liberalismo económico de ‘socializar pérdidas y privarizar beneficios’, esa opción nítidamente es la que representa el Partido Popular, seguido, no tan de cerca como los demagogos ‘popularistas’ quisieran, pero también, por el Partido Socialista.

Por tanto, termino, no es de extrañar que canse y hastíe el vociferio de conocidos, compañeros, amigos, familiares…, también el mediático llamado oficial o ‘bienpagao’ -mantenido bajo intereses ajenos a la información veraz, confundiendo intencionamente información con opinión-, y uno pretenda, no el dar explicaciones de sus porqués, sino el manifestar alto y claro que somos millones, somos legión, y no se nos puede hacer luz de gas fácilmente, los que creemos que hay alternativas a esta mezcla antisocial y contramedioambiental de conservadurismo político y liberalismo económico, y que eso no nos convierte de inmediato, ni de lejos, en sujetos valedores de concretas ideologías (llámense comunismos, bolivarismos, maoísmos, castrismos, bolchevismos… o como guste a esos predicadores de postverdades -mentiras embaucadoras vía impacto en creencias y emociones-), sino en ciudadanos españoles que, en cada cita decisiva con nuestro país donde podemos influir para el surgir de alternativas a una realidad que no queremos o deseamos para nuestro Estado, nuestro pueblo, todo él, no dejamos de hacerlo y en modo crítico, reflexivo, adoptando una decisión que no ha de condicionar obligatoriamente la siguiente. Se llama libertad de conciencia, no populismo.

De la Sevilla rancia

Vuelve la primavera a sonar en los zumbidos de sus abejas y a oler en el combinado aroma de sus flores. Ayer abandonaba mi casa respirando pronto la esencia dulce de unas glicinias que descansan altas a poco de pisar el jardín que prolonga el umbral de mi puerta, y entraba sin interrupción en la pituitaria embriaguez de los azahares, esos que ya te acompañan por donde deambules estos días en Sevilla.

Sevilla, primaveralmente hermosa, bañada por la luz de un sol todavía amable que sonríe mientras la ciudad engalana y le aviva sus tantos colores en sus, a mi entender, pocos y parcos jardines. Lástima de una ciudad por su clima llamada a ofrecer sus calles como riberas de mil arboledas, pero que ha de fenecer al sol pronto agotador que denunciará la ausencia de frescor y suave sombra en sus arterias.

Tan hermosa hoy y enjaezada, como ya ahíta de esas sus gentes que figuran la Sevilla rancia, la tierra de María Santísima con sus cruces martiriales de guía, sus penitentes tramos de cuaresma, el vía crucis con su muerte y el llanto de una madre a quien se canta por virgen doliente y porque la matan sus lágrimas sin consuelo. Sádicas, ominosas, lúgubres formas de vileza las que encandilan a esa muchedumbre, no poca, que ensalza el dolor y la muerte clavándolos en el corazón de la primavera, y lo llaman fiesta.

No amo yo esa Sevilla, esa no. Como Machado, de cantar, no quiero cantar ni puedo a ese Jesús del madero sino al que anduvo en la mar. Como un Abel Infanzón, es esa estirpe, logia de cofrades y capillitas, narcisos de su Sevilla rancia, cantores febriles y borrachos de como ella ninguna, del mundo la mejó, la que me hace recordar:

¡Oh, maravilla,
Sevilla sin sevillanos,
la gran Sevilla!

Sevilla y su verde orilla,
sin toreros ni gitanos,
Sevilla sin sevillanos,
¡oh maravilla!