Que la realidad no me moleste (Daniel Flichtentrei)

Cuando hablamos sobre un tema acerca del que creemos saber pero no sabemos se desnuda nuestra “ilusión del conocimiento”. Nadie resiste la tentación de opinar. Suponemos que comprendemos las cosas a un nivel más profundo del que en verdad tenemos. Hay una enorme distancia entre una explicación que nos satisface y una verdadera. Otra manifestación ilusoria es nuestra tendencia a considerar “causas” a fenómenos que apenas son “asociaciones”. Nuestra mente tiene la predisposición a detectar sentidos a partir de ciertos patrones, a inferir relaciones causales de las coincidencias y a asumir que los acontecimientos anteriores “causan” a los posteriores. Nos serena percibir lo regular en lugar de lo azaroso. Encontrar secuencias de hechos que confirman nuestras concepciones previas y oscurecer las que podrían contradecirlas funciona como un poderoso tranquilizante. Abundan los ejemplos aunque siempre es más sencillo percibir las ilusiones ajenas que las propias.

En algunos campos de conocimiento, el de la nutrición humana por ejemplo, casi toda la investigación disponible se basa en asociaciones. La propia naturaleza del fenómeno hace complejo otro de indagación. Esto ha llevado a aceptar sin crítica algunas pseudoverdades que atribuyen causalidad a asociaciones, que toman a los marcadores de un trastorno como los elementos que los provocan o a los factores de riesgo como causantes de una enfermedad. Tomar a las respuestas no específicas (marcadores) como causas es como llamar a los bomberos para apagar la alarma y dejar el incendio. Inflamación, radicales libres, estrés oxidativo son respuestas no específicas, no causas. El sangrado no causa la herida, sino el disparo. Actuamos como aquellos que toman el dedo que señala la cosa por la cosa señalada por el dedo. O, como el Hidalgo Caballero, que tomaba los rebaños por ejércitos.

Hablar de asociaciones empleando un lenguaje causal es una de las formas más peligrosas (y tramposas) de la exageración. Fijar conceptos etiológicos sustentados en premisas tan débiles hace daño. Y, lo que es peor aún, nos hace ciegos al fracaso evidente de las estrategias implementadas. El peligro consiste en que, por lo general, no tendemos a cuestionar aquello a lo que estamos habituados. Es necesario estar abiertos a la posibilidad del cambio, incluso de aquello que consideramos seguro. Creímos que el stress causaba úlceras, pero era el Helicobacter Pylori. Ahora creemos que la glotonería y la pereza causan la obesidad. ¿Alguien puede creer hoy que nuestros conceptos sobre nutrición (y las recomendaciones derivadas) son un éxito mientras que la epidemiología es un fracaso?

La verdadera ciencia ya no se define como un conocimiento cierto e indudable (episteme) opuesto a la opinión incierta y cambiante (doxa). El conocimiento científico se considera en nuestros días como una opinión justificable, fundada, pero opinión al fin. Si se trata de conocimiento seguro e inmodificable, entonces no se trata de ciencia.

En medicina sobran datos pero faltan teorías. Es necesario volver a pensar los vínculos entre los hechos bajo perspectivas diferentes. Una teoría es explicativa y debe incluir a la mayor cantidad de fenómenos  clínicos en su explicación. Es ingenuo y peligroso defender la teoría a costa de la realidad. La clínica es incertidumbre, hay que convertirla en preguntas: ¿qué es lo que no sé? Nombrarla y avanzar guiado por ella (no a ciegas). Hay un conocimiento científico, impersonal (generalizado) y otro situado, contextual, encarnado (individual); en medicina se necesitan ambos.

Cada día se publican 75 trabajos y 11 revisiones sistemáticas en medicina. ¿Cómo podríamos mantenernos al día? La tarea excede las capacidades humanas. Pero lo que no podemos dejar de hacer es aprender a ser selectivos, a aplicar filtros de calidad y relevancia a la abrumadora cantidad de información que se nos ofrece.  Esta habilidad no es cuantitativa, es cualitativa. Es un modo de aplicar el principio que afirma que lo que nos hace médicos es menos el monto de información que tenemos que lo que somos capaces de hacer con él.

Aprender a pensar de acuerdo a una metodología rigurosa no impide tener opiniones. Facilita que se opine de acuerdo a lo que se conoce siguiendo procedimientos que nos acerquen todo lo posible a la verdad y nos resguarden de las fantasías. Pero, muy especialmente, nos “vacuna” contra el peligro de la charlatanería sin fundamento. Hacemos un gran esfuerzo –aunque no nos demos cuenta- por lograr que lo que sucede se ajuste a los que creemos. Actuamos todos los días guiados por estos –y otros- errores cognitivos. Tomamos decisiones personales sustentadas en conclusiones débiles y erróneas. La intuición, en la que muchos confían ciegamente, nos hace creer que prestamos atención a más cosas de las que en verdad atendemos, que nuestros recuerdos son más fidedignos y persistentes de lo que son, que sabemos más de lo que sabemos, que las coincidencias y casualidades demuestran causalidad. Refuerza nuestra autoconfianza y confirma nuestra visión del mundo. Pero lo hace a costa del engaño ya que en general son equivocadas y esto tiene un costo que alguien debe pagar, casi siempre nosotros mismos y muchas veces nuestros pacientes.

La racionalidad nos protege de las ilusiones cognitivas. Es la única herramienta que limita el riesgo del pensamiento mágico. Todos podemos creer en cosas que no son reales. Lo peligroso es desconocer que se trata de una creencia y otorgarle el estatuto de la demostración. Levitar, producir daño clavando alfileres en muñequitos de trapo, mover objetos con la mente, leer la borra de café o el inconsciente a través de los sueños; los ejemplos son numerosos pero la inconsistencia es la misma. Existen reglas lógicas para pensar en secuencias argumentativas lógicas que demandan un examen permanente de todo cuanto afirmamos. El trabajo es arduo y requiere de un aprendizaje. Pero pensar intuitivamente sin someter a prueba lo que decimos también es una conducta aprendida en determinados contextos culturales. La naturalización de estas modalidades del razonamiento nos hace perder de vista nuestros propios errores considerándolos verdades autoevidentes que no requieren demostraciones de ninguna clase.

Muchas veces lo que la imprudencia de los opinadores profesionales deja ver que lo que dicen está más cerca de la búsqueda de la persuasión que de la verdad o al propósito de consolidar creencias, incluso cuando resulten ridículas e inexactas. La ciencia no se limita a recolectar datos sino a hacerlo de acuerdo a un método y con un objetivo previo. No elimina el error porque es consciente de sus límites. No hace afirmaciones tajantes sino rebatibles y provisorias. Una hipótesis científica es precisa en lugar de vaga, comprobable empíricamente (confirmable o falsable) y nunca inescrutable. Una persona alfabetizada científicamente debería –como mínimo- ser capaz de:

  1. Comprender la diferencia entre observación e inferencia y discriminar entre los dos procesos en cualquier contexto bajo consideración.
  2. Entender el significado de la palabra “teoría” en el contexto de la ciencia, y tener cierta noción de cómo las teorías se construyen, son puestas a prueba, validadas y cómo se les otorga aceptación provisional; reconocer, en consecuencia, que el término no se refiere a cualquier opinión personal, noción no corroborada o artículo de fe.
  3. Entender que los conceptos y las teorías científicas son mutables y provisionales en vez de finales e inalterables, y percibir el modo en que estas estructuras son continuamente refinadas y perfeccionadas por un proceso de aproximaciones sucesivas.
  4. Comprender las limitaciones inherentes a la indagación científica y ser conscientes de los tipos de preguntas que no se formula ni contesta. Ser conscientes del sinfín de preguntas sin contestar que reside detrás de toda pregunta contestada.

El analfabetismo científico en el que hemos sido educados se perpetúa a través de la arrogancia verborrágica de los charlatanes y de los interpretadores exasperados. Claro que las interpretaciones son indispensables, pero deberían fundarse en los hechos y respetar procedimientos argumentativos que le den sustento a sus conclusiones. Por el momento pareciera que, sin distinguir niveles sociales o educativos, predomina una idea bastante diferente: si la realidad no se ajusta a nuestras creencias, peor para ella.

Daniel Flichtentrei

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