Llámame populista, pero no lo soy

Cansa, a veces hasta el hastío, ese trato intencionadamente insultante de “populista”, “rompe-España” o “podemita” y sus vulgares sinonimias: “chavista”, “bolivariano”… Uno se lo toma con buen humor y lo deja estar, qué va a hacer pero, en el fuero interno, causa su cuota de indignación. ¿Por qué? Me explico (y sé que esto explica a muchos de los millones de ciudadanos y ciudadanas, diana de tales calificativos, que hemos optado en las últimas elecciones por candidaturas de o en torno a Podemos):

– Optar en unas elecciones democráticas por aquella opción que mejor te parezca pueda contribuir a mejorar aquellos factores que estás estimando como más necesarios o perentorios en ser afrontados, no significa necesariamente, y en mi caso que es el caso no lo es, que seas un militante, ni un hooligan, un abanderado de partido, un defensor de ideologías concretas o cerradas, ni un terrorista social. Sea del espectro de la denominada derecha o de la tildada como izquierda, según la convención al uso, uno solo busca inclinar la balanza política en el sentido que considera más ciudadanamente, más civilizamente adecuado: hacia el liberalismo económico o hacia la socialdemocracia; hacia el conservadurismo social o de lo establecido o hacia el progresismo o cambios profundos en ciertas reglas por más arraigadas que puedan estar; hacia el bienestar con acento individualista y trato deferente a los otros (precarios, marginados, pobres, excluídos…) vía leves concesiones entre caritativas, condescendientes e interesadas, o hacia el bien común basado en la justicia e igualdad con mayúsculas. Y así, todos los ejemplos imaginables en nuestra sociedad, según qué faceta: laicismo, medio ambiente, género, fiscalidad, concepto de unión europea, carácter de las relaciones exteriores, memoria y reparación histórica del franquismo… En estas tendencias yo, soy el caso o ejemplo, me muevo en la llamada izquierda.

Si yo pensara que todo votante del Partido Popular es un avalista de la corrupción, la desigualdad o la confesionalidad disfrazada pero real del Estado, o el llamado “capitalismo de amiguetes” junto a la manipulación descarada de la justicia, estaría dando calificativos o juicios de valor muy seriamente denigrantes para millones de conciudadanos, más aún si incluyo a los que votando otras opciones han conseguido respaldar la continuidad del gobierno de un partido netamente mafioso. Pero me cuido de hacerlo por respeto a muchos de ellos, por otra parte buenos amigos y también familiares entre ellos, a los que no tildaría yo de tal condición en principio.

– No considero el voto o el contribuir a una opción, una adhesión incondicional, ni el inaugurar o establecer una tradición democrática o una costumbre participativa inmutable. No es algo que me identifique ni me signifique más allá de ser mi opinión contingente, del hoy, por mera preferencia entre las propuestas a los problemas e interrogantes del presente, entre las existentes, como más adecuada o necesaria, sin que ello signifique un cheque en blanco, una actitud acrítica, una inercia por herencia o tradición enquistada, un ser de ‘un bando contra el otro’… Nada en fin con carácter inmutable y de lo que deba yo ser una especie de valedor a ultranza en todo momento y solo por el hecho de otorgar en determinadas circunstancias mi confianza y apuesta democrática.

En cambio, sí observo que el denostarme con los calificativos ya expuestos al principio (pretenderlo quiero decir, sin éxito por supuesto) suele provenir de individuos con un pensamiento muy concreto, por no decir rígido, poca o nula tolerancia a lo diverso -y menos si antagónico-, cierto o grave afecto -por acción u omisión- con el legado sociopolítico del franquismo, voto electoral acrítico al Partido Popular una tras otra convocatoria electoral, con el mantra de “todos son iguales” sumado a ” quienes mejor defienden / gestionan a España son estos”. Sin que haya evidencia alguna ni de lo uno ni de lo otro, sino más bien todo lo contrario. Salvo, claro, ese sector de entre tales sujetos que entienden por “defender” exhibir con soberbia y tono de arma arrojadiza banderas rojigualdas (yo le llamo sacar ‘paquete’), sostener el nacionalcatolicismo sociológico a ultranza (vía acción egosintónica, vía omisión interesada, vía “así al menos frenamos a los rojos”) y llenarse la boca con vocablos como “patria o patriotismo” o, otro ejemplo, la sin contenido pero con mucho escaparate propiamente ducho populista “marca España”.

– Si alguna opción política ha demostrado con creces, en los parlamentos nacional y autonómicos, ayuntamientos y gobiernos, su sistémica identidad de corrupto, el despilfarro y saqueo continuo del dinero público, las leyes más favorecedoras de grupos oligárquicos (con pertenencia incluida a ellos), el absoluto desprecio por las políticas ecológicas como también por las igualitarias (y recuerdo para malpensantes que decir igualdad no es decir uniformidad, sino referirse a oportunidades sociales y derechos cívicos, así como el obligarse a los deberes según las leyes democráticas sin distinción de personas por su condición social) y, por supuesto, un afán liberalizador consumado en la entrega de bienes públicos básicos o estratégicos a ‘amigos’ y, vía estos, a sí mismos en muchos casos, con consecuente ruina para el conjunto social que, además, sufre -sufrimos- sin respiro (y al amiguete protege) el consabido dogma del liberalismo económico de ‘socializar pérdidas y privarizar beneficios’, esa opción nítidamente es la que representa el Partido Popular, seguido, no tan de cerca como los demagogos ‘popularistas’ quisieran, pero también, por el Partido Socialista.

Por tanto, termino, no es de extrañar que canse y hastíe el vociferio de conocidos, compañeros, amigos, familiares…, también el mediático llamado oficial o ‘bienpagao’ -mantenido bajo intereses ajenos a la información veraz, confundiendo intencionamente información con opinión-, y uno pretenda, no el dar explicaciones de sus porqués, sino el manifestar alto y claro que somos millones, somos legión, y no se nos puede hacer luz de gas fácilmente, los que creemos que hay alternativas a esta mezcla antisocial y contramedioambiental de conservadurismo político y liberalismo económico, y que eso no nos convierte de inmediato, ni de lejos, en sujetos valedores de concretas ideologías (llámense comunismos, bolivarismos, maoísmos, castrismos, bolchevismos… o como guste a esos predicadores de postverdades -mentiras embaucadoras vía impacto en creencias y emociones-), sino en ciudadanos españoles que, en cada cita decisiva con nuestro país donde podemos influir para el surgir de alternativas a una realidad que no queremos o deseamos para nuestro Estado, nuestro pueblo, todo él, no dejamos de hacerlo y en modo crítico, reflexivo, adoptando una decisión que no ha de condicionar obligatoriamente la siguiente. Se llama libertad de conciencia, no populismo.

Anuncios

Plasticidad neuronal: Ese sistema complejo, abierto y dinámico llamado cerebro

Desde una perspectiva evolutiva, se podría decir que nuestro cerebro, en toda su sorprendente complejidad, no es sino un legado heredado de la evolución biológica, que una vez evolucionado fue proporcionado a cada individuo mediante un excelente y viejo proceso de selección natural, especificado con todo detalle en el genoma y transmitido a través de las generaciones.

Pero es irritante pensar que el genoma proporciona toda la información necesaria para la construcción del sistema nervioso de los humanos y otros mamíferos. Se estima que sólo la neocorteza humana tiene unos 1000 billones de sinapsis. El genoma humano tiene sólo unos 3.5 billones de bits de información, por lo que algunos científicos moleculares y neurólogos han concluido que nuestros genes no tienen suficiente capacidad de almacenamiento ellos solos para especificar todas estas conexiones, además de la información sobre la localización y el tipo de neurona, más información similar para el resto del cuerpo. Dicho problema sería equiparable a intentar guardar un documento de 100 millones de caracteres en un disco que sólo soporta 1.4 millones de caracteres. Como dijo Changeaux [neurocientífico, Instituto Pasteur]:

La expresión diferencial de los genes no puede explicar por sí sola la gran diversidad y especificidad de las conexiones entre las neuronas.”

Por tanto, si esta detallada información de conexión de neurona a neurona no es proporcionada por los genes, ¿de dónde viene?

El desarrollo normal del cerebro depende de una crítica interacción entre la herencia genética y la experiencia. El genoma proporciona la estructura general del sistema nervioso central, y la actividad del propio sistema nervioso y la estimulación sensorial proporcionan la información mediante la cuál nuestro sistema es ajustado (fine-tuning) y preparado para funcionar.

En el aprendizaje y la memoria, así como en la base de los cambios psicológicos, subyace esta plasticidad neuronal (cerebral), la cual está siendo ampliamente estudiada mediante la investigación de modelos de redes neuronales, pero que ya en 1949 apuntaba, por ejemplo Hebb (psicólogo canadiense) cuando enunció lo siguiente en su Teoría de la Asamblea Celular:

La idea es antigua, que dos células o sistemas de células que están continuamente activas al mismo tiempo, tenderán a convertirse en ‘asociadas’, de manera que la actividad de una facilitará la de la otra.”

“Cuando una célula ayuda en repetidas ocasiones a que otra se dispare, en el axón de la primera célula se desarrollan botones sinápticos (o se agrandan si ya existen) en contacto con el soma de la segunda célula.”

Donald Hebb asumió que “los cambios que constituyen el aprendizaje” son el resultado de “el crecimiento de las sinapsis”.

Estudios experimentales contemporáneos de Eric Kandel (neurocientífico, Columbia University College) utilizando la Aplysia californica, una especie de caracol marino que tiene unos mecanismos neuronales que funcionan de manera parecida a los humanos, han corroborado la teoría hebbiana. Fue premio Nobel por sus hallazgos en el año 2000.

Gerald Edelman , que logró el Nobel en 1972 por su investigación acerca de la estructura química de los anticuerpos del sistema inmunológico, ha contribuido de manera importante con libros donde describe aspectos de su “teoría de selección de grupos neuronales” del desarrollo cerebral y del aprendizaje a través de un proceso de selección al que llama “Darwinismo neuronal”:

Ante nuevas experiencias, en el cerebro humano se produce una multiplicación (adición) sináptica azarosa, seguida de una eliminación (sustracción) de las que se manifiestan inútiles en la adaptación o cambio ante dichas experiencias. Se trataría así de una capacidad, inherente al cerebro, de “recableado” neuronal sináptico, evidenciado en ratas de laboratorio manipuladas mediante exposición a diversos ambientes complejos, enriquecedores o exigentes para el aprendizaje, o bien observando estos recableados (por adición / sustracción) también ante lesiones cerebrales como intentos de compensar pérdidas útiles de zonas sinápticas.

Es aquí, como dijo Changeux, que “el darwinismo de las sinapsis sustituye al darwinismo de los genes”. Para cerrar el círculo, hay que señalar que una llamativa consecuencia de los efectos conjuntos entre la genética y la selección sináptica, es la comprensión del cerebro como tal y del proceso de selección que es el responsable de su gran capacidad.

Como conclusión, puede afirmarse que la gran plasticidad que posee el cerebro, es la que le permite en la madurez recablearse a sí mismo para aprender y adaptarse a los cambios de su entorno. Aunque es cierto, que dicha plasticidad es menor en los cerebros adultos que en los inmaduros, por ello ciertas habilidades, como por ejemplo, aprender una lengua extranjera, sólo pueden aprenderse con mucha más dificultad.

Esto último me invita a escribir sobre la ya establecida, aunque sólo muy incipientemente conocida, neurogénesis en el cerebro adulto. En otra publicación espero hacerlo.

(Elaborado a partir de diversos autores, algunos ya incluidos en la propia redacción: Hebb, Kendel y Changeux).

Hazte Oir y el 23-F

Entre el autobús transfóbico de HazteOir (marzo de 2017), y los tanques de la intentona golpista del 23-F de Milans del Bosch (1981), la diferencia es meramente estética.
Dos significantes para un mismo significado: fascismo nacionalcatólico.
Dos ejemplos, al fin, de sus dos brazos armados: ejército franquista e iglesia católica.
Como jamás supieron ni pudieron convencer, sólo supieron y saben, pudieron y desean poder vencer. Lo suyo es la victoria armada (su insignia, su desfile), vía ejército o iglesia católica; así eran y así son.

Cuando la IIª República, de inmediato, redujo el poder del ejército y privilegió la escuela universal, pública y laica (las órdenes religiosas, sobre todo la Compañía de Jesús, controlaban como un monopolio la educación  –El holocausto español; P. Preston, 2011-), no lo hacía sin poner el dedo en una gangrenosa llaga que la terminó matando, y aún hoy pervive con su reaccionaria y fanática voluntad de doblegar toda diversidad, todo progreso, cualquier posición, sea lógica o científica, que contradiga sus inmutables esencias sacras, sus envenenadas motivaciones patrioteras.

unamuno salamanca
No es lo suyo la fuerza de la razón, sino la razón de la fuerza: El exterminio, la represión, el “¡viva la muerte!” que gritó Millán Astray, tras un “¡muera la inteligencia!”, ante Unamuno cuando éste le arrojaba en su propia cara esta, en realidad, sinrazón, locura abominable, represora, aniquiladora…, espetándole finalmente: “Venceréis, porque tenéis sobrada fuerza bruta. Pero no convenceréis…” (paraninfo de la Universidad de Salamanca, 12 de octubre de 1936).

No, no hay más diferencia entre ese autobús maldito y aquellos malditos tanques que la estética y el brazo ejecutor armado: ejército franquista o iglesia católica.

 

Una sociedad de felices (o de la perversa sacralización del PIB)

Esto es una reflexión a partir de la lectura de un artículo titulado El hombre más feliz del mundo (Diario La Vanguardia, 21 de enero de 2017).

Siempre he pensado que en el percibirse bien o feliz, con sentido de realidad, los determinantes sociales son básicos, nucleares o esenciales. Esto y no tanta publicidad engañosa de que “tu felicidad está dentro de ti y no depende del exterior”, o “con un pensamiento positivo puedes cambiar la realidad”, o bien libros y libros de autoayuda y mil formas de meditar como pilar de tu bienestar…, es más que preeminentemente necesario para ser felices.

Somos entes bio-psico-sociales. Ya lo dejó así conceptuado la OMS (1946) al definir la salud como estado de bienestar biopsicosocial. Pero sobre todo sabemos, desde Lalonde (1974) que, para saludables -ergo felices-, más que nada sociales, pues son los determinantes sociales -más que la constitución individual, la organización sanitaria o los estilos personales de vida- los responsables de las mayores cotas de salud comunitaria (o su reverso, la patología) y, así, de los componentes de la comunidad. Y eso, unos determinantes sociales que arrojen óptimos indicadores de bienestar se concibe, lógico, como un esfuerzo común, de todos.

No hay yo sin nosotros, decía Heidegger, filósofo postcartesiano. Promocionar y cuidar el bienestar plural, obligándonos a ello como un deber social convenido, crea bienestar personal y no al revés, al menos cuantitativa y cualitativamente más que al revés. Se trata entonces de invertir el prisma: el bienestar social solidario como promotor y sostén del bienestar individual. Dotémonos y sostengamos una vida digna y con oportunidades universales de progresar, amén de medio ambientalmente sostenible, y podrás tú, como podré yo o aquél, atender facetas o parcelas de la autonomía personal ignoradas o minusvaloradas según el actual esquema exageradamente competitivo, desigual y, al fin, violento, inseguro e incierto que seguimos fabricando y padeciendo.

Desde luego, que unos pocos disfruten casi en exclusiva de los beneficios del trabajo de todos (aquellos solos no podrían nada) no parece el mejor esquema o panorama para una mayoría social. Si luego triunfan los populismos, como ahora se dice de Donald Trump, no nos extrañemos. No es tal emergencia algo novedoso o el inesperado producto de antisistemas caprichosos o rebeldes sin causa, no hagamos el juego a ciertos medios “oficiales”, sino mera consecuencia de esos esquemas que llegan a generar ansiedades, desesperanzas y reacciones asociadas con resultados como el ya mencionado. No, no es lo mismo democracia con ciudadanos que disfrutan de sus derechos civiles (materiales y morales), que con muchos de ellos en vías de o ya socialmente amargados o desesperados.

Es así que la ONU y la OCDE, ante los abrumadores datos de desigualdad y pobreza que acompañaban a los indicadores tradicionales del crecimiento económico (erigidos como directamente proporcionales al crecimiento del bienestar social), plantean que el PIB no es un indicador fiel de bienestar humano o felicidad en las sociedades, y desarrollan otros indicadores (OCDE) en este sentido para que los Estados midan realmente el crecimiento social en términos de desarrollo del bienestar comunitario y no solo en términos de indicadores productivos económicos, como es por ejemplo el conocido como índice del desarrollo humano (IDH), el cual ha sido mejorado por la inclusión de nuevos parámetros (ver enlace anterior a la OCDE).

Esta puede ser la mejor apuesta como personas y ciudadanos en nuestras comunidades y en una política estatal – mundial de progreso humano. Quizás ha llegado el momento de volver a la oykonomía aristotélica o doméstica, en la que lo que cuenta es la “organización de la casa” que habitamos todos.

Crisis, ¿qué crisis?: La desigualdad como meta

El capitalismo de libre mercado, fiel a la máxima enunciada por Marx: “El capitalismo lleva en si el germen de su propia destrucción por su insaciable sed de plusvalía y de ganancia”, ha vuelto a ser rehén de ella: bancos poderosos hundidos, países desplomados, gobiernos caídos. Millones de empresas y de trabajadores del automóvil, de los servicios, de la construcción convertidos en carne de cañón. Funcionarios con sus trabajos o salarios en peligro y jubilados con sus pensiones cuestionadas.
Pero revive, como un ave fénix incontestable, en continuos ciclos de destrucción y desastre social gracias precisamente a otra máxima igualmente repetida: socializar las pérdidas, privatizar los beneficios.
Llegados al fin de un nuevo ciclo, se procede a socializar las pérdidas, convertidas en deuda pública o soberana, lo que significa dinero público para unos “mercados”, con sus consecuentes: disminución de salarios, despidos masivos, mengua de las condiciones laborales, recortes sociales, privatizaciones del bien común o res publica…), mientras que, una vez reanimado o rescatado, los beneficios producidos del trabajo común se privatizan quedando en manos de unos anónimos dueños del libre mercado y sus armas de especulación masiva, a la par que exentos de o ajenos a una eficiente regulación social que implique su justa y máxima rentabilidad social., según el dogma político neoliberal.
La cosa empeora hoy día, en que sabemos que el inmenso capital financiero de esos mercados discurre y engorda ajeno al circuito productivo propio de la industria, pues se trata no ya de basarse en la economía productiva, sino en la especulación financiera, con una circulación de capitales sin fronteras, absolutamente libre por convención legal en nuestro caso, la Unión Europea.
Ciclo a ciclo, parafraseando el “Discurso sobre el origen de la desigualdad”, podemos preguntarnos si ¿No son para los poderosos y los ricos todas las ventajas de la sociedad? (J. J. Rousseau).
Incido aún más desde esa pregunta de Rousseau: ¿No es de lógica social, desde una política económica del bien común, hacer prevención mediante la regulación o control social del mercado financiero y la redistribución racional de los beneficios mediante una imposición fiscal progresiva y equitativa? ¿Es la resignación y el sálvese quien pueda la respuesta, junto al solo jugar a la soberanía ciudadana y la democracia, sin una soberanía efectiva y unas leyes justas dentro de la convivencia?
Sigue Rousseau en ese mismo texto:

Por otra parte, cualquiera que fuera el pretexto que pudiesen dar a sus usurpaciones, demasiado sabían que sólo descansaban sobre un derecho, precario y abusivo, y que, adquiridas por la fuerza, la fuerza podía arrebatárselas sin que tuvieran derecho a quejarse. Aquellos mismos que sólo se habían enriquecido por la industria no podían tampoco ostentar sobre su propiedad mejores títulos. Podrían decir: «Yo he construido este muro; he ganado este terreno con mi trabajo.» Pero se les podía contestar: «¿Quién os ha dado las piedras? ¿Y en virtud de qué pretendéis cobrar a nuestras expensas un trabajo que nosotros no os hemos impuesto? ¿Ignoráis que multitud de hermanos vuestros perece o sufre por carecer de lo que a vosotros os sobra, y que necesitabais el consentimiento expreso y unánime del género humano para apropiaros de la común subsistencia lo que excediese de la vuestra?» Desprovisto de razones verdaderas para justificarse y de fuerza suficiente para defenderse; venciendo fácilmente a un particular, pero vencido él mismo por cuadrillas de bandidos; solo contra todos, y no pudiendo, a causa de sus mutuas rivalidades, unirse a sus iguales contra los enemigos unidos por el ansia común del pillaje, el rico, apremiado por la necesidad, concibió al fin el proyecto más premeditado que haya nacido jamás en el espíritu humano: emplear en su provecho las mismas fuerzas de quienes le atacaban, hacer de sus enemigos sus defensores, inspirarles otras máximas y darles otras instituciones que fueran para él tan favorables como adverso érale el derecho natural.
J.J. Rousseau (Discurso sobre el origen de la desigualdad)

Intervención estatal es un anatema y socialdemocracia ha sido tildado como un concepto anacrónico y fracasado, según nos publicitan los domeñados medios de esta oligarquía financiera, cuyos lazos protagonistas son diversos dentro de su herramienta o brazo político: el neoliberalismo, mas no olvidemos el punto más significativo que supone esta consideración: la conjunción de los gobiernos de Reagan y Thatcher, convenientemente aderezada por el engendro de ‘tercera vía’ de Blair o socioliberalismo (sic). Pero, ¿no es acaso anatema, anacronismo y fracaso, realmente, la abismal y creciente desigualdad socioeconómica en el mundo de hoy?

No hay en la teoría política liberal bien común que se alce por encima del individuo. Desde Locke quedó bien establecido que la misión del Estado consiste en salvaguardar los derechos naturales del individuo y, en particular, su propiedad, lo que suponía un serio obstáculo ante cualquier pretensión del poder político por limitar los derechos individuales, en nombre del interés general.
En los tiempos modernos, lo privado prevalece sobre lo público, y las categorías de bien común y voluntad general, resultan sospechosas.

M. J. Villaverde (Estudio Preliminar de El Contrato Social, 1988)

La acumulación obscena de la riqueza (El 1% más rico tiene tanto patrimonio como todo el resto del mundo junto), la recaudación fiscal prevalente, la indirecta, que alivia a los ricos y agrava la economía doméstica, la dependencia económica de los Estados de la arbitrariedad del capitalismo financiero corporativo transnacional, la continua pérdida de poder adquisitivo de los trabajadores asalariados y pensionistas, la asfixia de pequeñas y medianas empresas, también cooperativas, por la usura crediticia y prestamista, etc. ¿A quiénes, en definitiva, benefician unos Estados sin soberanía económica, prácticamente sólo garantistas de la seguridad de intereses privados, y sometidos a la soberanía de una “Internacional Capitalista Neoliberal” mediante la imposición de deudas indiscriminadas con intereses abusivos y consecuentes equilibrios presupuestarios asfixiantes?

Estamos al borde de una transformación global. Todo lo que necesitamos es una gran crisis y las naciones aceptarán el Nuevo Orden Mundial. De lo que se trata es de sustituir la autodeterminación nacional, que se ha practicado durante siglos en el pasado, por la soberanía de una elite de técnicos y de financieros mundiales.
David Rockefeller (banquero y petrolero estadounidense)

Según expresa Zygmunt Bauman, sociólogo de origen polaco, autor entre otros de la filosofía de la modernidad líquida:

La ruptura de la soberanía económica es la que tiene efectos más fuertes. Los Estados cada vez más se convierten en operadores de los intereses que no pueden controlar.
Unos minutos bastan para que los movimientos de capitales volteen empresas o Estados. El libre comercio y sobre todo la circulación sin trabas del capital financiero hace que la economía se libere de todo control político. Si el Estado intenta intervenir los mercados mundiales responden con inmediatas medidas de castigo.
En este marco, la única tarea del Estado es la de lograr un equilibrio presupuestario, reprimiendo y eliminando toda intervención que tienda a mejorar las condiciones de vida de la población o a establecer controles en la administración de la economía.
La impotencia reguladora de la política respecto de la economía pone en tela de juicio la capacidad de tomar decisiones colectivas y que estas se concreten. Es decir, el Estado como agente político pierde competencias y las soberanías se vuelven meramente nominales.

Un problema, un grave factor añadido para este autor es eso genéricamente denominado y así propagado por los medios como “mercados”. Un ente sin identidad, sin crítica, sin juicio, sin más… invisible: ¡son los mercados, estúpido!

La invisibilidad de los intereses transnacionales hace que la erosión de los Estados Nacionales y de su capacidad de control parezca natural e imposible de evitar.
Zygmunt Bauman (La Globalización: Consecuencias humanas)

A esto anterior de la invisibilidad erosiva se le une la prédica del mantra de “la recuperación” acuñado por la corriente política neoliberal, representante o lacayo cuando no cómplice protagonista, allá donde gobierna, de esos intereses transnacionales. ¡Recuperación! repiten incesantes. Sí, de la Bolsa quizás, que no del bolsillo: ¿Por qué hemos de tolerar que se llame crecimiento económico a lo que enriquece a unos pocos y acaba empobreciendo a tantos, generando abismos de desigualdad? ¿Qué fue del principio de la justa distribución de la riqueza producida por y en el cuerpo social?:

El mal llega cuando el exceso de riqueza destruye ese espíritu: de pronto aparecen los desórdenes de la desigualdad que hasta el momento no se habían hecho sentir… Es preciso que las leyes dividan las fortunas a medida que el comercio las incrementa y pongan a cualquier ciudadano pobre en las óptimas condiciones para trabajar como los demás, y a cualquier ciudadano rico en tal mediocridad que tenga necesidad de su trabajo.
Montesquieu (El Espíritu de las leyes)

No estoy yo defendiendo o apostando por el reverso histórico del capitalismo liberal o de libre mercado, el comunismo. No me muevo en esa perversa disyuntiva: o individualismo o colectivismo, no hay más. Si el libre mercado es incapaz de sustentar el derecho de todos a una existencia digna en lo material y produce abismos de desigualdad social, el comunismo, aun si lograra asegurar una dignidad material, no es así en cuanto a la dignidad civil o del individuo libre en el disfrute de sus derechos civiles. Ambos, derecho material de existencia y derecho de ciudadanía deben ser posibles. Pero los sistemas citados, en sus expresiones reales históricas, fracasan en esa conjunción. En mi opinión, el retorno a la socialdemocracia no adulterada surgida tras la última guerra mundial, combinada con una imprescindible y preeminente política ecológica, puede ser el camino que nos ponga en la dirección correcta.
Lo cierto es que en la desigualdad vergonzante e injusta, una sociedad no puede crecer, y la libertad ciudadana es una quimera, un imposible donde no hay parche por muy reformista que se le califique, si no incide decididamente en extinguirla, que pueda poner justicia en este negro panorama.
Aboguemos activamente por una meta bien distinta, la que expuso de manera concisa y clara el ilustre ginebrino:

Respecto a la igualdad, no hay que entender por esta palabra que el nivel de poder y riqueza sea absolutamente el mismo, sino que, en cuanto al poder, éste quede por encima de toda violencia y nunca se ejerza sino en virtud del rango y de las leyes, y en cuanto a la riqueza, que ningún ciudadano sea suficientemente opulento como para comprar a otro, ni ninguno tan pobre como para ser obligado a venderse.

Sosteniendo con él, escrita en el mismo texto, esta premisa irrenunciable:

Las palabras “esclavitud” y “derecho” son contradictorias y se excluyen mutuamente. El siguiente discurso será siempre igual de insensato, sea dirigido por un hombre a otro, o por un hombre a un pueblo: “Hago contigo un convenio en perjuicio tuyo y en beneficio mío, que respetaré mientras me plazca y que tú acatarás mientras me parezca bien”
J.J. Rousseau (El Contrato Social)

La banalidad del mal

Nos cruzábamos un día algunos correos un amigo y yo, en los que él se preguntaba, ante el horror e incomprensión que le causaban ciertas cuestiones sobre conductas y posicionamientos individuales, sociales y políticos de hoy que vulneraban extremadamente una idea del humano adulto como sujeto dispuesto (por capacidad de razón, sentido común, sentido solidario aunque solo sea de especie, naturaleza social) a la moral o ética del bien común, al respeto a la dignidad del otro, al afecto y cooperación con sus iguales congéneres, cómo podía ser tan generalizado y profundo este estado de cosas.

Yo compartía su pensamiento, pero le apuntaba que quizás podíamos aplicar algo que ya ha podido ser puesto en evidencia otras veces en la historia, como por ejemplo en los comportamientos de revoluciones sociales (industrial, bolchevique, jacobina…), cómo no despotismos de diverso signo (absolutismos, fascismos, estalinismos, inquisiciones religiosas varias…), formas alienantes de liberalismos capitalistas o colectivismos estatistas, y que fue concretamente la filósofa alemana Hanna Arendt (1906-1975) quien le dio nombre en su libro Eichmann en Jerusalén: la banalización del mal, o sea, el ejercicio del mal como egosintónicamente aceptable, no solo tolerable, sino más bien razonablemente necesario e incuestionable, ajeno o ciego a las visibles e inhumanas consecuencias aun extremas en su escenificación (esta cursiva es mía).

He leído diversos textos de esta ya fallecida autora de origen judío (sobre el republicanismo cívico, la condición humana), la cual observó esa inversión de la contemplación del mal ejercido entre humanos en esa forma etológicamente repugnante, a través del análisis del sufrimiento atroz y horrible ejercitado y narrado por sus autores (referido a protagonistas del nazismo como Eichmann), más que en su contenido, en su actitud aquiescente, complaciente y positiva de un hacer lo que estaba ¡bien! hacer, sin mayor cuestionamiento o arrepentimiento: ¿por qué si se obraba correctamente?

Hanna Arendt no solo descubrió esa banalidad del mal en el nazismo, en cierto modo también con el liberalismo o el comunismo -por poner ejemplos de su postura muy crítica ante corrientes, a su juicio alienantes, en boga de su propio tiempo-. Siendo judía, alcanzó a oponerse al sionismo en los mismos términos que al nazismo: Israel ejercía ahora el horror más injusto sobre una Palestina ilegal y progresivamente ocupada y exterminada, ajeno a las consecuencias del mal causado, es más, dándolo por bueno o validado en aras de su bíblica razón. No resulta extraño que finalmente se declarara apátrida.

Hoy acerté a leer este artículo en que se aplica este término de la banalidad del mal al momento histórico-político del hoy. Invito a leerlo.

La banalidad del mal – Ernesto Ruiz Ureta

El insulto en la partitocracia

Insultar no deja de ser una manera de evadir la confrontación basada en la argumentación lógica y, desde ese punto de vista evasivo, más que una superioridad dialéctica del insultante, indica un déficit de posiciones personales con que defender o exponer un planteamiento propio.

Es distinto que con mi argumento y dentro de una dialéctica basada en razonamientos, yo procure desacreditar un argumento contrario o al menos distinto, pero si recurro a la desacreditación del otro con base en el insulto o agresión a la persona y no a lo que dice, propone o defiende, estaría incurriendo en una franca falacia ad hominem que, en realidad, solo desacredita por falaz (amén de maleducado) al que agrede mediante el insulto o la descalificación de la otra persona y no de su argumentación.

ad-hominem

Estos días hemos asistido en España al insulto como medio de desacreditación de posiciones ideológicas distintas mediante el uso comparativo del discurso populista atribuído por algunos a Donald Trump y cualquiera otra forma de discurso populista* adjudicado a otros. Tal es el caso de declaraciones como las de Susana Díaz y Albert Rivera que no han dudado en atacar a Pablo Iglesias estableciendo un parangón entre aquél y éste, prescindiendo de entrar a comparar argumento alguno en cuanto a ideas y planteamientos, procurando solo la desacreditación del líder de Podemos mediante el insulto gratuito y claramente torticero. Decimos aquí a este respecto de usos falaces eso de aprovechando que el Pisuerga pasa por Valladolid… digo lo que se me antoje.

Estoy cansado del insulto, como de la violencia verbal y no verbal, en tanto que estrategias de debate político en general. Igual, en este sentido, puedo (antes de que se me tilde de podemita o sectario) decir que el recurso a la cal viva de Pablo Iglesias en la fallida investidura de Pedro Sánchez me dejó tan estupefacto como a su compañero de filas Íñigo Errejón. Exceso de agresividad verbal que consideré bastante inapropiado.

Pero de esto va el juego, al parecer. Yo te llamo vendedor de preferentes (Monedero a Rivera) y yo replico que tú eres un títere bolivariano antiespañol (Rivera a Iglesias) por ejemplo. O cómo no recordar a Montoro usando como “argumento” de su política fiscal la amenaza personal, haciendo ostentación y abuso de autoridad, a algún que otro diputado. Del último combate federal del PSOE, creo que no hace falta que yo diga mucho más de lo ya dicho y oído, para saber qué opinión puede merecerme en el sentido de lo que escribo.

insulto

No hablo, puntualizo, de recursos lingüísticos como la metáfora o el símil. Porque si digo cuñadismo político, se me entiende perfectamente, como si digo ejercicio caciquista del poder, por referirme a metáforas y símiles que yo he oído pronunciar hace nada en el congreso español. No estaría fuera de una argumentación referida a hechos, no al insulto personal, en tanto que solo uso un significante lingüístico cargado de significado lógico, sea o no acertado.

Soy de los que piensa que los partidos políticos y, por tanto sus integrantes, no han nacido para sí mismos, ni son tampoco instituciones del Estado aunque ya se confundan interesadamente con tal acepción. Se crean como y son instrumentos de participación democrática a través de su capacidad convenida de representar diversas voluntades ciudadanas, a través de la elaboración de programas concretos con los que convencer a quienes hemos de decidir quiénes deseamos, según qué institución y momento de la vida social, que nos representen a través de los procesos electorales y otros posibles cauces de manifestación ciudadana (por ejemplo, convocar a una determinada manifestación pacífica con que hacer visible o dar imagen a una protesta o una propuesta).

demo-represent

Todo representante se debe a su representado, no a la voluntad del partido que lo soporta ni a otras voluntades (léase troikas, FMI, confesiones religiosas, terceros países, clientelismos políticos, medras personales…), de tal modo que el incumplimiento de programa debería ser suficiente para tener la oportunidad efectiva de revocar a cualquier cargo electo. Por descontado si hace uso fraudulento de la posición de poder o de los bienes públicos.

Por ejemplo, supongan que el grupo socialista del parlamento actual hubiera puesto a disposición de sus votantes (al menos de sus bases populares) sus escaños tras evidenciar su giro programático y representativo de esos ciudadanos en pos de permitir un gobierno de Mariano Rajoy. No es muy difícil concluir que casi todos estarían fuera ya del hemiciclo por haber dejado de representar ya a los que los colocaron allí mediante su voluntad expresada en las urnas. Este ejemplo y otros (recuerden cómo Rajoy hizo incumplimiento flagrante de su programa electoral nada más que llegar a La Moncloa: impuestos, recortes sanitarios y educativos…), unidos a esas componendas parlamentarias de repartos de grupos y cargos parlamentarios, donde reelaboran los programas, ajenos o vueltos ya a la ciudadanía, es lo que convierte a la democracia en mera partitocracia.

fraude-electoral

La partitocracia genera un estado de hegemonía política de los partidos frente a la soberanía ciudadana que puede quedar, y hay ejemplos los que queramos, menguada o incluso ignorada. A partir de ahí, el debate partitocrático, alejado de programas  que son o deberían ser verdaderos pactos o contratos entre representantes y representados, de dar cuenta de electos a electores de los compromisos adquiridos, de preguntar a la ciudadanía si acepta cambios en ese contrato antes de romperlo unilateralmente, termina por ser un simple cuadrilátero pugilístico, donde a falta de dialécticas basadas en ideas y argumentos, discusión donde solo la fuerza de la razón que más pese en el seno parlamentario puede ser decisiva y decisoria, cede su lugar a la fuerza del insulto, de la agresión y de la violencia personal.

Con ello, no solo traicionan la o las voluntades de la ciuadanía, en una déspota falta de respeto y golpe a la democracia, sino que acuden para fidelizar el voto (su única preocupación, lamentablemente demostrada, para mantener su estatus de privilegiados y fingidos representates de sus electores) a la víscera popular, insultando descaradamente a nuestra inteligencia, al menos de los que nos sentimos así insultados.

partitocracia

Particularmente, he decidido dejar de prestar oídos al insulto o la agresión, a la violencia verbal como herramienta, a la hora de escuchar a cualquiera de nuestros políticos. En todo caso, de servir para algo, solo será para que muy probablemente pierdan puntos en próximas intenciones personales de voto.

*Casi cualquier cosa puede ser llamada “populismo” en la prensa y boca de políticos de hoy. “Populista” se ha vuelto una especie de acusación banal que se lanza simplemente para desacreditar a cualquier cosa o adversario, buscando asociarlo así con algo ilegal, corrupto, autoritario, demagógico, vulgar o peligroso. Pero no siempre ni en toda circunstancia se ha entendido a lo largo de la historia ni se entiende hoy de la misma manera.
Si se trata, en sentido negativo, de un uso demagógico de la voluntad popular para intereses espurios, difícil será observar qué partido político o gobierno escapa al populismo, sea a la derecha o izquierda del espectro político.
A este respecto, invito a leer el artículo de Wikipedia sobre populismo, con referencias a izquierda y derecha, e incluso al factio popularium o populismo de la Antigua Roma.
Yo no suelo usar el término populista a secas, sino significándolo en su uso y contexto. Prefiero usar demagogia (si sentido negativo) o democracia radical (si sentido positivo), por poner dos ejemplos antitéticos de un mismo vocablo.