Nulla in mundo pax sincera

Pensé que no dejaría de ser una molestia episódica. Los asientos, por un tácito designio, quedaban asignados siempre en los primeros días, tras previos tanteos. Pero lo que consideré cuestión de azar, empezaba a ser una incómoda costumbre. La tapaba más a menudo de lo que yo era capaz de tolerar, y no era extraño en mí algún que otro berrinche matinal de primera hora, interno, claro, que se apaciguaba con el anuncio del final de una aburrida clase más.

Salía como si escapara, o fuera liberado al fin, pudiendo darme a alcanzar mi divisado objetivo. Bajaba la escalinata desde esa mi buitrera, última hilera donde podía otear a gusto, a ratos también bostezar sin molestar y sin ser molestado, apenas pisando cada escalón, para mí invisibles todos, sonando en mi cabeza, vital, alto y festivo, el primer tiempo del laudare pueri dominum, ese que acompañaba muchas de mis ensoñaciones las tardes entre lúgubres libros, en cuyas viñetas emergía, repentino y  vivace, su virginal y bendito rostro.

La cosa era alcanzarla, hacerme el despistado que se cruza sin más que la casualidad como motivo. Ya, sí, cada día una casualidad no parece que cuele, y quizás ella pudo sospechar algo, alguna vez. Pero yo cuidaba no repetir ni paso, ni dirección, ni gesto y, menos aún, transgredir una debida distancia. Ni un choque, nada de roce. Lo justo para retener un poco más del gris claro de su mirada, convenientemente tallada en ese pálido y sonriente rostro enmarcado por aquel ondulado pelo que caía, casi líquido, a ambos lados sobre sus, a modo de zócalo dispuestos, simétricos hombros.

Esos ojos, esa tez, ese gesto, que escondían ahora aquel tipo, sí, haciéndole sombra con su desvergonzada estatura, su ostentosa, a la par que hipertricótica, cabeza y ese abominable, profuso bigote que no paraba de tocarse y retocarse en una especia de exasperante gesto triunfal. Lograba en ocasiones encerrarla, al punto de no dejar atisbo de ella. Menos mal que, en su notoria inquietud, había de rascarse o volverse acá y allá con frecuencia, o bien ella reubicarse a menudo en aquellos rígidos bancos de madera. Y ahí sí, ahí estaba yo presto a la sonrisa tonta, el suspiro de cada ¡por fin! y la cara absorta que delata una fláccida boca al caer.

Tras el desayuno, en el bar donde aquellos albañiles se echaban al coleto el aguardiente de las ocho de la mañana (no era el primero), corríamos de nuevo hacia el instituto anatómico. Una vez dentro, hacia la sala de disección, donde ya habían despertado y se disponían los cadáveres, convenientemente acicalados con formol, para recibirnos y ofrecernos sus entrañas que poder degustar sobre aquellas marmóreas mesas, preparadas al efecto de saciar nuestra cotidiana voracidad por hendir, abrir, rasgar, separar, retirar, extraer, cortar, examinar y reexaminar, recolocar y de nuevo, como en una ceremoniosa sobremesa, cerrar, partiendo para dejar agradecidos a aquellos fiambres descansar, dormitar en su lecho, aquella enorme piscina ubicada tras una gruesa y enladrillada vidriera esmerilada, donde esperarían hasta ofrecernos nuevas experiencias gustativas al paladar de nuestra avidez por descubrir todos sus anatómicos sabores, en ese repetido diálogo entre sus formas y nuestros conceptos que iba erigiendo, puliendo tanto bruto rudimento, el esbozo necesario y dispuesto de futuros galenos en su primer año de carrera, tan larga y fatigosa carrera.

La mañana que se adelantó nuestro desayuno, preludio de unas cuantas horas libres hasta recalar ante algún otro encerado, lo fue porque el instituto permanecía cerrado, y se nos avisaba que así sería hasta nueva orden. Orden que lo era, curiosamente, en  los más estrictos términos forenses. Ese día, bien temprano, el bedel del centro había denunciado una presencia imprevista,  reciente y no registrada, anunciada justo al correr el portón que abría a la piscina, donde sus sorprendidos ojos se clavaron en un sobrenadante y destacable, por bien profuso, bigote. Acercándolo a sí, con la debida prevaución, más abajo, en su torso, con voz entrecortada y a duras penas, alcanzó a deletrear para quien tomaba, inmediatamente después, cuenta inicial y telefónica del atestado, unas palabras al parecer grabadas a corte de escalpelo: nulla in mundo pax sincera.

nulla

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