Confesiones de un paria (II)

Memorias de Gustavo Diego

Remembers

Más que el nacimiento, el matrimonio o la muerte, la adolescencia implica el complejísimo drama de pasar de una zona de existencia a otra distinta. Es ese punto crítico de la vida humana en que las pasiones sexuales y morales fructifican y alcanzan su madurez. El individuo pasa entonces de la vida familiar a la existencia cultural.
La adolescencia es una especie de campo de batalla en el cual el pasado y el futuro se disputan el dominio de la mente adulta que está por emerger. Cuando la adolescencia ha concluido, el carácter del joven adulto guarda las marcas de las luchas interiores que ha experimentado.
Si los seres humanos se limitaran a marchar en línea recta de la infancia a la edad adulta, seríamos eternamente aniñados en nuestras actitudes sexuales y morales. Esto es lo que sucede con aquellos individuos en que la fase adolescente de la vida no puede ejercer su plena influencia sobre la remodelación de una historia de vida.*


Rechacé aquellas entradas para un festejo taurino, como rehusé aceptar invitaciones para asistir en posición destacada al desfile conmemorativo de la “victoria” franquista que supuso la dictadura militar española durante casi cuarenta años (1939-1975). Yo vestía 15 y 16 años en respectivas ocasiones y entiendo que, a un nivel cognitivo, digamos conceptualmente aislado, construía mi propia identidad, y esta desde luego no estaba con las esencias de la, para mí, España gris en que vivía.

La cuestión es que no existe ninguna identidad mínimamente estable -ese self que se relaciona dinámicamente con la realidad sobre la base de la autoestima, la confianza en uno mismo, la valoración del crecimiento autónomo y la asertividad- que se desarrolle y mantenga sólo de manera conceptualmente aislada. Por ello puedo calificar mi desenvolvimiento en la adolescencia y primera juventud, como el de un sujeto inmerso en la más diáfana dualidad sin oponerse a ella, como el animal desbocado que corre en uno u otro sentido sin detenerse porque solo huir le impide, como en una cinética anestesia, quedar expuesto a ser devorado por su propio dolor, su omnipresente terror.

El doloroso trauma deficitario de no haber crecido sobre una base segura labrada en el necesario apego infantil, me condenaba en mi caso inexorablemente (lo supe después, claro) a la necesidad, no consciente, de sobrevivir a los cambios que va instalando la pubertad, mediante la adhesión a aquellos de quienes como cría lo esperé todo: un reproducir el esquema de niño paria outsider que teme su desintegración si se separa de ese modelo. Y ahí la culpa se erige como resorte para no despegar. Sí, mi sexualidad, mi juicio y mi moral se iban construyendo como bien distintos a los de mi núcleo familiar y también inmediatamente social -del que ya tomaba nota-. Pero ser distinto era ser culpable.

Yo decidí, conceptualmente, que era ateo. Criado en una familia católica y educado en una escuela católica, había optado -como muchos en esos mismos supuestos- por dejar la religión y no atender a nada divino, por absurdo. Pero sólo era conceptualmente, pues emocionalmente me ponía en una muy complicada tesitura, por lo que la culpa en forma de angustia buscó salvar el escollo por la, de nuevo, adhesión al patrón nuclear de infancia. Así,recuerdo dirigirme a mi hermano mayor para plantearle mis dudas sobre la religión, movido -entonces no era consciente de ello- por el ascendente de su autoridad moral, la cual sabría reconducirme. Y así fue. Desde entonces, y por varios años, me convertí en un creyente vigoroso con una novia también vigorosamente creyente; líder yo de grupos juveniles y misionero social implacable de la palabra divina, yo era un ateo enfermizamente creyente. Así seguía, con matices pero sin excepción, la línea marcada. No hacerlo, era exponerme al abismo de un vergonzoso don nadie.

Pero era inconsistente en esa adhesión, porque no abandonaba del todo mi condición identitaria de concepto o juicio personal, por más que buscara con mi moralidad enfermiza acabar conmigo mismo. Mis amigos más íntimos eran ateos, se daban con fruición al libre pensamiento y su moral era bien ajena a condicionantes de orden religioso. Ninguna reproducción mía, por más intensa y desquiciada, del patrón sociofamiliar, aun rica en aprobaciones o alabanzas a mi compromiso religioso de altura, o también al intento de quebrar mi sexualidad en un noviazgo fijo predestinado a un futuro matrimonio, sometió con sobrada eficacia mi indisciplina. Tenía esos buenos amigos.

Aparecía episódicamente en forma de salidas a “espacios de pecado” donde la imprudencia, el apetito de vivir sin normas, la música más voluptuosa y desenfadada con la omnipresente borrachera, eran la pauta de conducta habitual. Leer libros prohibidos, reírnos de la moral establecida, hacer destrozos físicos en la escuela donde habíamos pasado años de aulas y capillas, horas de disciplina y confesiones, eran gestos con alto grado de apasionamiento, a veces rayante en lo febril. Igual tanto practicaba el noviazgo, como arrasaba con él procurando darme a otras mujeres sin más móvil que el capricho y destino que el placer, durara lo que durara.

Pero volvía. La culpa, mezclada con la savia envenenada -que recorría mi día a día- de la vergüenza, no ya de vivir, sino de haber nacido, dominaba y regresaba con su disconfort, su propuesta de angustia, y yo claudicaba. Vuelta al redil, una y otra vez, una vez más y la siguiente… tantas y tantas veces. Y ganó, me sometió. Me fijé a un noviazgo, rompí con mis amigos, a los que llegué a despreciar por insustanciales. Y estudié mi carrera de ciencias (yo respiraba por las letras), y me especialicé convenientemente para trabajar pronto y casarme, y traer hijos que serían también sobrinos y nietos: una bendición para la familia. ¿Y yo?

Yo era un tipo vergonzoso, un reo culpable e irredento mas obstinadamente claudicante, un hijo pródigo derrotado. Daba igual qué hubiera querido estudiar, si deseaba ese trabajo, casarme o ser un pronto padre. Me había convertido en paria del self, de mí mismo, un gregario más fijo en la aprobación de mi núcleo primario. Recuérdese que, amén de poseer ese férreo sentimiento de culpa asfixiante, ya desde muy pequeño el rechazo y maltrato de mi padre a cualquier manifestación mía de temor o debilidad meramente infantiles, había ido generando en mí un tremendo sentido de vergüenza de mí mismo, lo cual combinaba con lo anterior, como comentaba más arriba, en una mezcla inconsciente de emociones hostigadoras hacia mí y, al fin, sostén de un estatus de angustiosa ruina y depresión recurrente. Aquel apelativo femineizante nombraba a alguien que era, y ahora seguía siendo, una decepcionante vergüenza de hombre que, además, asumía una masculinidad al uso, prototípica, con la que no encajaba pero, en cualquier caso, practicaba. Eso, lo sé, no era ser hombre como yo me he dejado llegar a comprender, pero era un carné de aprobación masculina que yo no podía despreciar. Yo era el despreciable.

Por fortuna, enfermé seriamente. Dicen que lo reprimido en la mente habla en el cuerpo, y desde luego así fue en mi caso. Culpa y vergüenza tomaron cuerpo, mi cuerpo. Contraje una severa patología psicosomática que llegó a anularme al punto de casi incapacitarme como persona activa. Aquel médico que me asistía acertó a enviarme a ser psicoanalizado. Nunca se lo agradeceré lo suficiente. Fue duro, muy duro, pero me introdujo en un camino sanador. Dejé la religión por fin, malogré mi primer matrimonio igualmente -un daño colateral pero fructífero también-; tomé conciencia real de mi paternidad, que por entonces mal debutaba, y comencé a desarrollar tantas capacidades y valores más genuinos que mantenía ahogados. También me decidí a recuperar esas amistades de cuyo desprecio yo mismo me había hecho y mantenido cautivo.

Y hasta hoy. Nunca exento del asomo de trampas de ese pasado, ese modelo grabado al fuego de un ominoso hogar, pero al fin procurando hacer de la vida mi esfuerzo del aquí y ahora, y haciendo así camino propio al andar, sin más destino que vivir para sentirme, antes que para nada ni para nadie, vivo para mí.

NUNCA el deseo ajeno, aunque grato,
cumplas por propio. Manda en lo que haces,
ni de ti mismo siervo.
Nadie te da lo que eres. Nada te cambie.
Tu íntimo destino involuntario cumple alto.
Sé tu hijo.**

*Louise J. Kaplan, Adolescencia. El adiós a la infancia. 1996, Paidós. Psicología Profunda

** Ángel Campos Palomino: Fernando Pessoa, un corazón de nadie. Galaxia Gutenberg. 2001

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s