Confesiones de un paria (I)

Memorias de Gustavo Diego

Remembers

Hay un término en la lengua inglesa, outsider, que además de su acepción similar a foreigner (extranjero), posee un significado más peculiar que puede ser traducido al castellano como ajeno o extraño con relación a algo concreto. Es en este ultimo sentido que también la palabra paria se aproxima a ese concepto universalizado en el vocabulario globalizado de nuestro tiempo de outsider.

Un paria es, en un sentido bien estricto, un apátrida. Pero también se aplica generalmente a alguien ajeno o excluido de algún sistema o colectivo. No en vano, en la India, el paria (dalit) es un excluido del sistema de castas o grupo de privilegiados a todos los efectos de derechos y oportunidades del estatus social, por ejemplo. Este significado de paria como ajeno o excluido de un sistema o mundo concreto, digamos del grupo o colectivo con quien uno coexiste pero al que no pertenece, del que se haya desarraigado o marginado, es uno primero que deseo dejar establecido, y al que le adjudico la acepción paria outsider. Pero voy más allá.

Un paria, en un sentido ontológico o del ser en sí, es también “alguien con una pulsión tan enfermiza por asimilarse al mundo, que está dispuesto a negarse a sí mismo con tal de no sentirse separado de él” (Manuel Cruz, introducción a La Condición Humana – H. Arendt; 2003, Ed. Paidós-). También este significado o acepción lo establezco en este comienzo con vistas al desarrollo posterior de mis consideraciones en este escrito. Para esta acepción reservo paria del self (el sí mismo o identidad de uno).

El 25 de diciembre era el día que los romanos, finalizando las saturnales, festejaban el nacimiento del Sol Invicto, fecha del nacimiento de tantos dioses solares como Mitra, Baal, Horus o Cristo entre otros. No como un dios precisamente nacía yo a este mundo un 25 de diciembre, siendo parido a su luz y a su sombra, pareciendo a posteriori que esta última iba a tomar clara ventaja sobre la primera: una infancia bastante más umbría que luminosa se cernía sobre este yo recién nacido.

Recuerdo aquella primera casa y aquel contiguo parque, esos que fueron escenarios cotidianos en donde habrían de desplegarse mis temores, inquietudes y búsquedas más infantiles, las propias de una cría humana. Esa que J. Bowlby (1969) comprendió como un ser cuyo motor básico, en los primeros años, es la necesidad de apego para calmar su angustia, alarma o inseguridad emocional de desvalimiento, pudiendo así enfrentar y crecer dentro de una realidad circundante a través de esa unidad de vínculo afectivo (una base segura física y mental) con sus progenitores o cuidadores.

Mis progenitores, esos en los que la sombra tomó clara ventaja sobre la luz, donde el crío en demanda de apego llegó a recalar en un niño bien apagado. Así fue que un padre patológicamente ciclotímico y narcisista, con fuertes carencias empáticas, rayante y a veces penetrante en la más funesta e imprevisible bipolaridad, hizo hiriente uso de mí como uno de sus objetos preferidos de descarga emocional, que no de amor. Omito narrar aquí algunas escenas que guardó aquel pequeño cerebro en vertiginoso crecimiento, generando representaciones de la realidad (a través de la relación con su padre) a cual más angustiosa y escabrosa. Una relación fracasada. Una oportunidad, la primigenia del humano, perdida.

Por llorar, me gané el apodo de llorón y la injuriosa demanda, para su diversión, del “llora un poquito, anda”…, hasta conseguirlo. Una y otra vez, uno y otro día. El maltrato no quedaba en lo verbal, había otras formas de hacerme llorar, de derrotarme en mi fragilidad más primitiva: los tocamientos. No hablo, creo, de intenciones de disfrute sexual, pero sí de abuso físico. Tocar y tocar, como en un interminable juego de hirientes cosquillas, hasta generar tu llanto, pleno de dolor y de rabia, también era una costumbre. Yo no era un niño cobarde, ni triste. Yo sólo era un niño. Y si un niño se aterra por una tormenta de inicio brusco que hace temblar los cristales de una ventana, y se vuelve a su padre abrazándose a él para que lo proteja, no se le agarra como a una bestia y se le arrastra con violencia hasta la barandilla de un balcón, obligándole a mirar a las nubes, con medio cuerpo completamente asomado -¡no mires abajo, arriba, arriba!-, hasta que pase la tormenta, con los oídos inundados por trepanadores truenos, el cuerpo sufriendo la lluvia como latigazos furiosos, y la mirada electrocutada por cada cegador relámpago. Y mi verdugo, mientras, pegado a la puerta de cristal, por dentro, vigilando amenazante por si cambio de postura o vuelco mínimamente la cabeza. Mi tía, madre y padre tantas veces, me tuvo en sus brazos la noche de aquel funesto día, apretado, cobijado. Yo era, un día me contaba, todo temblores, llanto y suspiros en aquella interminable madrugada. Carne tomada y vencida por el terror. Y lo seguí siendo, mucho más allá de mi infancia.

Pero habrá buenos recuerdos, algo mejor en tu padre con aquel niño. No lo sé. Si así fue, aquel ejemplar de tirano lo mató para mi memoria, inundada de terror y vergüenza. Y si creces como niño aterrorizado y avergonzado, la conmoción en que te desarrollas no da apenas tregua para que recalen con intensidad otras maneras de quien vives como tu juez, tu humillante y penosa sentencia y tu verdugo, siempre presto a ridiculizarte. Lo poco que eres, lo dedicarás a evitar o calmar su amenazante presencia, intentando que no se desaten nuevas injurias. Y eres poco, eres tan poco…

Mi madre. Cuando acudí a mi primer psicoanalista, allá por mi treintena, una de mis primeras afirmaciones al volver a situarme en mis vivencias infantiles trayendo a mi madre a mi mente sin restricciones ni eufemismos, fue la de “yo he sido un niño con ausencia de madre”. Recalco en versícula el término ausencia porque así lo dije, literal, y porque reúne o condensa nítidamente lo que mamé en mi demanda de relación de apego materno: poco o nada. Puedo aún recordar que, con lágrimas y rabia -las mismas que practicaba diariamente de niño-, tildé a mi madre de manera sintética pero acertada como una puericultora. Supongo que bastante tenía con ser esposa (esposada) de aquel monstruo.

Baste hasta aquí sobre aquel periodo infantil. Echo de menos sinceramente haber tenido unos progenitores amorosos, no solo sustentadores materialmente hablando, pero no fue así. Si, como escribió Rilke, “la verdadera patria del hombre es la infancia”, apátrida me crié.

Cuando alcancé a debutar como adolescente es fácil comprender que yo ya había adquirido la condición, no consciente pero sí sufrida, de paria outsider en el seno de mi grupo familiar o núcleo social primario. Quizá hay algo aún que puede resultar un epítome bien clarificador: si mis hermanos recibieron apodos afectivos y festivos, usando con ellos graciosos apelativos, mi padre me adjudicó el de mi nombre en femenino. Una vejación, no una broma, que se perpetuó en el tiempo.

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