Honra a tu padre y madre, o no

Uno de los llamados diez mandamientos, sagrados mandatos de la tradición judía, luego cristiana, manda al hijo o hija honrar al padre y a la madre (libro del Éxodo 20:12). Pero, ¿y si el padre o la madre deshonraron al hijo o la hija? No está ese mandamiento, el inverso, en cualquier caso siempre previo y fundador de la relación: honrar a la cría.
Y es que tal mandamiento pertenece a un pretérito y cultura donde un niño no es nada en tanto que niño. Lo de la niña era aún peor: era mujer. Según el Talmud judío, autorizada interpretación rabínica de la Ley o Torá entre los judíos, esa misma ley que ordena la honra filial como designio divino inapelable, un hombre judío debe dar gracias diariamente a Dios por no haberlo "creado gentil, mujer o esclavo". (Menahot 43b-44a). Juzguen ustedes mismos la calidad y valor humanos de tal despropósito para cualquier tiempo pero, es el caso, para el nuestro, el de hoy.
Desde un punto de vista humanista, laico y de nuestro tiempo, cabe formular la cuestión en términos relacionales y no imperativos, mucho menos de obediencias religiosas, por supuesto, salvo que uno o una decida tal ceguedad existencial. Así, la formulación a que me refiero sería en estos términos: Padre o madre, si deshonró a su cría -hijo o hija-, no espere de ella honra alguna. Esto, como ven, no es asunto ya de leyes, divinos designios u ordenanzas, sino de justa correspondencia vincular.
Por eso, hijo o hija, si quienes te tuvieron como cría no te dieron honra (estima y respeto de la dignidad propia, según la Real Academia de la Lengua Española, en su primera acepción), no albergues culpa por tu falta de motivación o deseo en darles honra a tu vez. Nunca puede esperar respeto, estima, devoción o amor filial, un padre o madre que no lo dieron o, peor, ignoraron o maltrataron sin ningún respeto o miramiento la otredad del hijo o hija cuando, peor todavía, era una mera cría vulnerable y necesitada de apego.

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Nulla in mundo pax sincera

Pensé que no dejaría de ser una molestia episódica. Los asientos, por un tácito designio, quedaban asignados siempre en los primeros días, tras previos tanteos. Pero lo que consideré cuestión de azar, empezaba a ser una incómoda costumbre. La tapaba más a menudo de lo que yo era capaz de tolerar, y no era extraño en mí algún que otro berrinche matinal de primera hora, interno, claro, que se apaciguaba con el anuncio del final de una aburrida clase más.

Salía como si escapara, o fuera liberado al fin, pudiendo darme a alcanzar mi divisado objetivo. Bajaba la escalinata desde esa mi buitrera, última hilera donde podía otear a gusto, a ratos también bostezar sin molestar y sin ser molestado, apenas pisando cada escalón, para mí invisibles todos, sonando en mi cabeza, vital, alto y festivo, el primer tiempo del laudare pueri dominum, ese que acompañaba muchas de mis ensoñaciones las tardes entre lúgubres libros, en cuyas viñetas emergía, repentino y  vivace, su virginal y bendito rostro.

La cosa era alcanzarla, hacerme el despistado que se cruza sin más que la casualidad como motivo. Ya, sí, cada día una casualidad no parece que cuele, y quizás ella pudo sospechar algo, alguna vez. Pero yo cuidaba no repetir ni paso, ni dirección, ni gesto y, menos aún, transgredir una debida distancia. Ni un choque, nada de roce. Lo justo para retener un poco más del gris claro de su mirada, convenientemente tallada en ese pálido y sonriente rostro enmarcado por aquel ondulado pelo que caía, casi líquido, a ambos lados sobre sus, a modo de zócalo dispuestos, simétricos hombros.

Esos ojos, esa tez, ese gesto, que escondían ahora aquel tipo, sí, haciéndole sombra con su desvergonzada estatura, su ostentosa, a la par que hipertricótica, cabeza y ese abominable, profuso bigote que no paraba de tocarse y retocarse en una especia de exasperante gesto triunfal. Lograba en ocasiones encerrarla, al punto de no dejar atisbo de ella. Menos mal que, en su notoria inquietud, había de rascarse o volverse acá y allá con frecuencia, o bien ella reubicarse a menudo en aquellos rígidos bancos de madera. Y ahí sí, ahí estaba yo presto a la sonrisa tonta, el suspiro de cada ¡por fin! y la cara absorta que delata una fláccida boca al caer.

Tras el desayuno, en el bar donde aquellos albañiles se echaban al coleto el aguardiente de las ocho de la mañana (no era el primero), corríamos de nuevo hacia el instituto anatómico. Una vez dentro, hacia la sala de disección, donde ya habían despertado y se disponían los cadáveres, convenientemente acicalados con formol, para recibirnos y ofrecernos sus entrañas que poder degustar sobre aquellas marmóreas mesas, preparadas al efecto de saciar nuestra cotidiana voracidad por hendir, abrir, rasgar, separar, retirar, extraer, cortar, examinar y reexaminar, recolocar y de nuevo, como en una ceremoniosa sobremesa, cerrar, partiendo para dejar agradecidos a aquellos fiambres descansar, dormitar en su lecho, aquella enorme piscina ubicada tras una gruesa y enladrillada vidriera esmerilada, donde esperarían hasta ofrecernos nuevas experiencias gustativas al paladar de nuestra avidez por descubrir todos sus anatómicos sabores, en ese repetido diálogo entre sus formas y nuestros conceptos que iba erigiendo, puliendo tanto bruto rudimento, el esbozo necesario y dispuesto de futuros galenos en su primer año de carrera, tan larga y fatigosa carrera.

La mañana que se adelantó nuestro desayuno, preludio de unas cuantas horas libres hasta recalar ante algún otro encerado, lo fue porque el instituto permanecía cerrado, y se nos avisaba que así sería hasta nueva orden. Orden que lo era, curiosamente, en  los más estrictos términos forenses. Ese día, bien temprano, el bedel del centro había denunciado una presencia imprevista,  reciente y no registrada, anunciada justo al correr el portón que abría a la piscina, donde sus sorprendidos ojos se clavaron en un sobrenadante y destacable, por bien profuso, bigote. Acercándolo a sí, con la debida prevaución, más abajo, en su torso, con voz entrecortada y a duras penas, alcanzó a deletrear para quien tomaba, inmediatamente después, cuenta inicial y telefónica del atestado, unas palabras al parecer grabadas a corte de escalpelo: nulla in mundo pax sincera.

nulla

Confesiones de un paria (II)

Memorias de Gustavo Diego

Remembers

Más que el nacimiento, el matrimonio o la muerte, la adolescencia implica el complejísimo drama de pasar de una zona de existencia a otra distinta. Es ese punto crítico de la vida humana en que las pasiones sexuales y morales fructifican y alcanzan su madurez. El individuo pasa entonces de la vida familiar a la existencia cultural.
La adolescencia es una especie de campo de batalla en el cual el pasado y el futuro se disputan el dominio de la mente adulta que está por emerger. Cuando la adolescencia ha concluido, el carácter del joven adulto guarda las marcas de las luchas interiores que ha experimentado.
Si los seres humanos se limitaran a marchar en línea recta de la infancia a la edad adulta, seríamos eternamente aniñados en nuestras actitudes sexuales y morales. Esto es lo que sucede con aquellos individuos en que la fase adolescente de la vida no puede ejercer su plena influencia sobre la remodelación de una historia de vida.*


Rechacé aquellas entradas para un festejo taurino, como rehusé aceptar invitaciones para asistir en posición destacada al desfile conmemorativo de la “victoria” franquista que supuso la dictadura militar española durante casi cuarenta años (1939-1975). Yo vestía 15 y 16 años en respectivas ocasiones y entiendo que, a un nivel cognitivo, digamos conceptualmente aislado, construía mi propia identidad, y esta desde luego no estaba con las esencias de la, para mí, España gris en que vivía.

La cuestión es que no existe ninguna identidad mínimamente estable -ese self que se relaciona dinámicamente con la realidad sobre la base de la autoestima, la confianza en uno mismo, la valoración del crecimiento autónomo y la asertividad- que se desarrolle y mantenga sólo de manera conceptualmente aislada. Por ello puedo calificar mi desenvolvimiento en la adolescencia y primera juventud, como el de un sujeto inmerso en la más diáfana dualidad sin oponerse a ella, como el animal desbocado que corre en uno u otro sentido sin detenerse porque solo huir le impide, como en una cinética anestesia, quedar expuesto a ser devorado por su propio dolor, su omnipresente terror.

El doloroso trauma deficitario de no haber crecido sobre una base segura labrada en el necesario apego infantil, me condenaba en mi caso inexorablemente (lo supe después, claro) a la necesidad, no consciente, de sobrevivir a los cambios que va instalando la pubertad, mediante la adhesión a aquellos de quienes como cría lo esperé todo: un reproducir el esquema de niño paria outsider que teme su desintegración si se separa de ese modelo. Y ahí la culpa se erige como resorte para no despegar. Sí, mi sexualidad, mi juicio y mi moral se iban construyendo como bien distintos a los de mi núcleo familiar y también inmediatamente social -del que ya tomaba nota-. Pero ser distinto era ser culpable.

Yo decidí, conceptualmente, que era ateo. Criado en una familia católica y educado en una escuela católica, había optado -como muchos en esos mismos supuestos- por dejar la religión y no atender a nada divino, por absurdo. Pero sólo era conceptualmente, pues emocionalmente me ponía en una muy complicada tesitura, por lo que la culpa en forma de angustia buscó salvar el escollo por la, de nuevo, adhesión al patrón nuclear de infancia. Así,recuerdo dirigirme a mi hermano mayor para plantearle mis dudas sobre la religión, movido -entonces no era consciente de ello- por el ascendente de su autoridad moral, la cual sabría reconducirme. Y así fue. Desde entonces, y por varios años, me convertí en un creyente vigoroso con una novia también vigorosamente creyente; líder yo de grupos juveniles y misionero social implacable de la palabra divina, yo era un ateo enfermizamente creyente. Así seguía, con matices pero sin excepción, la línea marcada. No hacerlo, era exponerme al abismo de un vergonzoso don nadie.

Pero era inconsistente en esa adhesión, porque no abandonaba del todo mi condición identitaria de concepto o juicio personal, por más que buscara con mi moralidad enfermiza acabar conmigo mismo. Mis amigos más íntimos eran ateos, se daban con fruición al libre pensamiento y su moral era bien ajena a condicionantes de orden religioso. Ninguna reproducción mía, por más intensa y desquiciada, del patrón sociofamiliar, aun rica en aprobaciones o alabanzas a mi compromiso religioso de altura, o también al intento de quebrar mi sexualidad en un noviazgo fijo predestinado a un futuro matrimonio, sometió con sobrada eficacia mi indisciplina. Tenía esos buenos amigos.

Aparecía episódicamente en forma de salidas a “espacios de pecado” donde la imprudencia, el apetito de vivir sin normas, la música más voluptuosa y desenfadada con la omnipresente borrachera, eran la pauta de conducta habitual. Leer libros prohibidos, reírnos de la moral establecida, hacer destrozos físicos en la escuela donde habíamos pasado años de aulas y capillas, horas de disciplina y confesiones, eran gestos con alto grado de apasionamiento, a veces rayante en lo febril. Igual tanto practicaba el noviazgo, como arrasaba con él procurando darme a otras mujeres sin más móvil que el capricho y destino que el placer, durara lo que durara.

Pero volvía. La culpa, mezclada con la savia envenenada -que recorría mi día a día- de la vergüenza, no ya de vivir, sino de haber nacido, dominaba y regresaba con su disconfort, su propuesta de angustia, y yo claudicaba. Vuelta al redil, una y otra vez, una vez más y la siguiente… tantas y tantas veces. Y ganó, me sometió. Me fijé a un noviazgo, rompí con mis amigos, a los que llegué a despreciar por insustanciales. Y estudié mi carrera de ciencias (yo respiraba por las letras), y me especialicé convenientemente para trabajar pronto y casarme, y traer hijos que serían también sobrinos y nietos: una bendición para la familia. ¿Y yo?

Yo era un tipo vergonzoso, un reo culpable e irredento mas obstinadamente claudicante, un hijo pródigo derrotado. Daba igual qué hubiera querido estudiar, si deseaba ese trabajo, casarme o ser un pronto padre. Me había convertido en paria del self, de mí mismo, un gregario más fijo en la aprobación de mi núcleo primario. Recuérdese que, amén de poseer ese férreo sentimiento de culpa asfixiante, ya desde muy pequeño el rechazo y maltrato de mi padre a cualquier manifestación mía de temor o debilidad meramente infantiles, había ido generando en mí un tremendo sentido de vergüenza de mí mismo, lo cual combinaba con lo anterior, como comentaba más arriba, en una mezcla inconsciente de emociones hostigadoras hacia mí y, al fin, sostén de un estatus de angustiosa ruina y depresión recurrente. Aquel apelativo femineizante nombraba a alguien que era, y ahora seguía siendo, una decepcionante vergüenza de hombre que, además, asumía una masculinidad al uso, prototípica, con la que no encajaba pero, en cualquier caso, practicaba. Eso, lo sé, no era ser hombre como yo me he dejado llegar a comprender, pero era un carné de aprobación masculina que yo no podía despreciar. Yo era el despreciable.

Por fortuna, enfermé seriamente. Dicen que lo reprimido en la mente habla en el cuerpo, y desde luego así fue en mi caso. Culpa y vergüenza tomaron cuerpo, mi cuerpo. Contraje una severa patología psicosomática que llegó a anularme al punto de casi incapacitarme como persona activa. Aquel médico que me asistía acertó a enviarme a ser psicoanalizado. Nunca se lo agradeceré lo suficiente. Fue duro, muy duro, pero me introdujo en un camino sanador. Dejé la religión por fin, malogré mi primer matrimonio igualmente -un daño colateral pero fructífero también-; tomé conciencia real de mi paternidad, que por entonces mal debutaba, y comencé a desarrollar tantas capacidades y valores más genuinos que mantenía ahogados. También me decidí a recuperar esas amistades de cuyo desprecio yo mismo me había hecho y mantenido cautivo.

Y hasta hoy. Nunca exento del asomo de trampas de ese pasado, ese modelo grabado al fuego de un ominoso hogar, pero al fin procurando hacer de la vida mi esfuerzo del aquí y ahora, y haciendo así camino propio al andar, sin más destino que vivir para sentirme, antes que para nada ni para nadie, vivo para mí.

NUNCA el deseo ajeno, aunque grato,
cumplas por propio. Manda en lo que haces,
ni de ti mismo siervo.
Nadie te da lo que eres. Nada te cambie.
Tu íntimo destino involuntario cumple alto.
Sé tu hijo.**

*Louise J. Kaplan, Adolescencia. El adiós a la infancia. 1996, Paidós. Psicología Profunda

** Ángel Campos Palomino: Fernando Pessoa, un corazón de nadie. Galaxia Gutenberg. 2001

Confesiones de un paria (I)

Memorias de Gustavo Diego

Remembers

Hay un término en la lengua inglesa, outsider, que además de su acepción similar a foreigner (extranjero), posee un significado más peculiar que puede ser traducido al castellano como ajeno o extraño con relación a algo concreto. Es en este ultimo sentido que también la palabra paria se aproxima a ese concepto universalizado en el vocabulario globalizado de nuestro tiempo de outsider.

Un paria es, en un sentido bien estricto, un apátrida. Pero también se aplica generalmente a alguien ajeno o excluido de algún sistema o colectivo. No en vano, en la India, el paria (dalit) es un excluido del sistema de castas o grupo de privilegiados a todos los efectos de derechos y oportunidades del estatus social, por ejemplo. Este significado de paria como ajeno o excluido de un sistema o mundo concreto, digamos del grupo o colectivo con quien uno coexiste pero al que no pertenece, del que se haya desarraigado o marginado, es uno primero que deseo dejar establecido, y al que le adjudico la acepción paria outsider. Pero voy más allá.

Un paria, en un sentido ontológico o del ser en sí, es también “alguien con una pulsión tan enfermiza por asimilarse al mundo, que está dispuesto a negarse a sí mismo con tal de no sentirse separado de él” (Manuel Cruz, introducción a La Condición Humana – H. Arendt; 2003, Ed. Paidós-). También este significado o acepción lo establezco en este comienzo con vistas al desarrollo posterior de mis consideraciones en este escrito. Para esta acepción reservo paria del self (el sí mismo o identidad de uno).

El 25 de diciembre era el día que los romanos, finalizando las saturnales, festejaban el nacimiento del Sol Invicto, fecha del nacimiento de tantos dioses solares como Mitra, Baal, Horus o Cristo entre otros. No como un dios precisamente nacía yo a este mundo un 25 de diciembre, siendo parido a su luz y a su sombra, pareciendo a posteriori que esta última iba a tomar clara ventaja sobre la primera: una infancia bastante más umbría que luminosa se cernía sobre este yo recién nacido.

Recuerdo aquella primera casa y aquel contiguo parque, esos que fueron escenarios cotidianos en donde habrían de desplegarse mis temores, inquietudes y búsquedas más infantiles, las propias de una cría humana. Esa que J. Bowlby (1969) comprendió como un ser cuyo motor básico, en los primeros años, es la necesidad de apego para calmar su angustia, alarma o inseguridad emocional de desvalimiento, pudiendo así enfrentar y crecer dentro de una realidad circundante a través de esa unidad de vínculo afectivo (una base segura física y mental) con sus progenitores o cuidadores.

Mis progenitores, esos en los que la sombra tomó clara ventaja sobre la luz, donde el crío en demanda de apego llegó a recalar en un niño bien apagado. Así fue que un padre patológicamente ciclotímico y narcisista, con fuertes carencias empáticas, rayante y a veces penetrante en la más funesta e imprevisible bipolaridad, hizo hiriente uso de mí como uno de sus objetos preferidos de descarga emocional, que no de amor. Omito narrar aquí algunas escenas que guardó aquel pequeño cerebro en vertiginoso crecimiento, generando representaciones de la realidad (a través de la relación con su padre) a cual más angustiosa y escabrosa. Una relación fracasada. Una oportunidad, la primigenia del humano, perdida.

Por llorar, me gané el apodo de llorón y la injuriosa demanda, para su diversión, del “llora un poquito, anda”…, hasta conseguirlo. Una y otra vez, uno y otro día. El maltrato no quedaba en lo verbal, había otras formas de hacerme llorar, de derrotarme en mi fragilidad más primitiva: los tocamientos. No hablo, creo, de intenciones de disfrute sexual, pero sí de abuso físico. Tocar y tocar, como en un interminable juego de hirientes cosquillas, hasta generar tu llanto, pleno de dolor y de rabia, también era una costumbre. Yo no era un niño cobarde, ni triste. Yo sólo era un niño. Y si un niño se aterra por una tormenta de inicio brusco que hace temblar los cristales de una ventana, y se vuelve a su padre abrazándose a él para que lo proteja, no se le agarra como a una bestia y se le arrastra con violencia hasta la barandilla de un balcón, obligándole a mirar a las nubes, con medio cuerpo completamente asomado -¡no mires abajo, arriba, arriba!-, hasta que pase la tormenta, con los oídos inundados por trepanadores truenos, el cuerpo sufriendo la lluvia como latigazos furiosos, y la mirada electrocutada por cada cegador relámpago. Y mi verdugo, mientras, pegado a la puerta de cristal, por dentro, vigilando amenazante por si cambio de postura o vuelco mínimamente la cabeza. Mi tía, madre y padre tantas veces, me tuvo en sus brazos la noche de aquel funesto día, apretado, cobijado. Yo era, un día me contaba, todo temblores, llanto y suspiros en aquella interminable madrugada. Carne tomada y vencida por el terror. Y lo seguí siendo, mucho más allá de mi infancia.

Pero habrá buenos recuerdos, algo mejor en tu padre con aquel niño. No lo sé. Si así fue, aquel ejemplar de tirano lo mató para mi memoria, inundada de terror y vergüenza. Y si creces como niño aterrorizado y avergonzado, la conmoción en que te desarrollas no da apenas tregua para que recalen con intensidad otras maneras de quien vives como tu juez, tu humillante y penosa sentencia y tu verdugo, siempre presto a ridiculizarte. Lo poco que eres, lo dedicarás a evitar o calmar su amenazante presencia, intentando que no se desaten nuevas injurias. Y eres poco, eres tan poco…

Mi madre. Cuando acudí a mi primer psicoanalista, allá por mi treintena, una de mis primeras afirmaciones al volver a situarme en mis vivencias infantiles trayendo a mi madre a mi mente sin restricciones ni eufemismos, fue la de “yo he sido un niño con ausencia de madre”. Recalco en versícula el término ausencia porque así lo dije, literal, y porque reúne o condensa nítidamente lo que mamé en mi demanda de relación de apego materno: poco o nada. Puedo aún recordar que, con lágrimas y rabia -las mismas que practicaba diariamente de niño-, tildé a mi madre de manera sintética pero acertada como una puericultora. Supongo que bastante tenía con ser esposa (esposada) de aquel monstruo.

Baste hasta aquí sobre aquel periodo infantil. Echo de menos sinceramente haber tenido unos progenitores amorosos, no solo sustentadores materialmente hablando, pero no fue así. Si, como escribió Rilke, “la verdadera patria del hombre es la infancia”, apátrida me crié.

Cuando alcancé a debutar como adolescente es fácil comprender que yo ya había adquirido la condición, no consciente pero sí sufrida, de paria outsider en el seno de mi grupo familiar o núcleo social primario. Quizá hay algo aún que puede resultar un epítome bien clarificador: si mis hermanos recibieron apodos afectivos y festivos, usando con ellos graciosos apelativos, mi padre me adjudicó el de mi nombre en femenino. Una vejación, no una broma, que se perpetuó en el tiempo.