Cuando caes en la cuenta

Cuando caes en la cuenta de que parte, poco o mucho pero significativo, de eso que llamas “mis creencias”, “mis gustos”, “mis maneras” o “mis costumbres”, es en realidad una adopción -por acción, reacción o dejación- de “otras creencias, otros gustos, maneras o costumbres”, y que “estás así” más bien que “eres así”, puede que sea momento, una buena oportunidad, de retirarte o tomar cierta distancia, abrirte a un espacio y tiempo de reflexión ideo-afectiva, y hacer lo que a partir de ahí decidas hacer. 

Y sin prisa. Adaptarte, para llegar hasta aquí, costó tiempo y mucho consumo de energía. Normal, por tanto, el agotamiento y lo confuso de la situación. Tomará tiempo decidir qué es tuyo, desadaptarte o abdicar de lo que no, y adoptar rutas distintas, ojalá más propias, para tu ser. 

Pero tranquilo. Ni corras, ni abandones. De entrada, salúdate: vas a crecer, seguro. La edad no importa. Como cualquier día es bueno para morir, cualquiera lo es también para vivir de otro modo. La edad es sólo un dato, no una losa.


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El nuevo paradigma reticular

Tenemos que asistir, ya empieza a ocurrir, a un escenario de la psicoterapia donde abundarán trastornos, en cuya base encontraremos el hábito cronificado e insano de confundir redes sociales (léase facebook, instagram, etc.) con vínculos afectivos, así como mensajerías instantáneas (léase p. ej., whatsapp) con estados de convivencia y diálogo efectivos y reflexivos.

Amigos o contactos de redes y de chats instantáneos, con sus likes y emoticones, suplantarán o subvertirán la amistad y el aprecio más honestos y ciertos, por verborreas y exhibiciones emocionales tan aduladoras como vacías, pero capaces de crear severa adicción. Lo mismo que la impúdica circulación de imágenes expuestas buscando el aplauso al mejor estilo de espectáculo circense o de trivial pase de modelos, va a ningunear al más esforzado trabajo de labrar una imagen personal que hable realmente de tu subjetividad, y comparta quien realmente eres entre los demás.

Tal confusión entre realidad y virtualidad, donde esta, además, satisface la pueril necesidad de la inmediatez en la gratificación y la continua disponibilidad del otro, fomentando el principio del placer en detrimento del principio de realidad, no ha de dejar de pasar factura. No solo individual, sino como un fenómeno cultural que creará una civilización aún más sumisa y devota de aquellas corporaciones y grupos que están detrás de este paradigma reticular, contrario a la madurez tanto mental como cívica y social. Todo ello con la creencia de haber cimentado una autoestima a prueba de bombas que, al final, cualquier mínima erosión o frustración vital demolerá sin piedad, evidenciando que todo ese pensamiento mágico no sustentaba más que nadería adornada por tantas y tan falsas etiquetas, adherencias sin raíz.

En todos nosotros habita un modelo infantil, con sus modos operativos y sus expectativas, pero infantil, de otra época. De otro tiempo, es una memoria inconsciente pero viva que, excitada poderosa y continuadamente, nos puede convertir en carnaza dependiente y servil. Y hay demasiados grupos de poder sin escrúpulos que lo saben. Gobiernan esas redes sociales como los chats presididos por la instantaneidad.

La infinita soledad de ser

Cuando el transbordador se alejaba de la costa y se adentraba en un mar progresivamente expansivo, el cual se disponía a llenarlo todo en derredor, en el horizonte al que nos dirigíamos ya se había hecho la nada: ninguna costa, ninguna tierra construida, nada sospechosamente humano. Y esa era la paz que sentía, que inundaba mi respiración y me dejaba en la impasible quietud de un tipo felizmente desconectado.

Ahora lo sé o, mejor dicho, le pongo texto a ese y otros contextos semejantes donde me ha inundado una sensación parecida o similar. Cómo vibro interiormente al llegar a un aeropuerto, dirigiéndome en breve a la sala de espera para el embarque. No digo nada del profundo bienestar que me provoca el despegue e ir observando como el suelo va quedando abajo, cada vez más lejos, contraído, despreciable al poco a la vista hasta finalmente desaparecer. El tiempo en que tomo una carretera o enfilo la autopista, abandonando la ciudad donde vivo, es momento de parto, de alumbramiento, de nacer -o renacer-. Sí, partir es nacer; ser parido, expulsado del vientre inmundo del cotidiano coexistir, del obligado convivir con eso conocido hacia aquello que no es, no está. Aquello que no sé, mundos que desconozco y no participan en mí de esa enfermedad llamada hastío social.

El hastío social es una forma, la más cruel, de soledad o vacío. Porque, entre otras cosas, es una enfermedad, una tara genética y, así, es ineludible. El humano es un ser social, estigma que debuta ya con la necesidad de apego y crianza al momento de nacer. Estamos obligados por naturaleza a ser criados-por, crecer-entre y colaborar-con. El humano es ser-con desde el primer instante de su ser-arrojado-ahí (mundo), tal como lo definió Heidegger y esa es, opino, su fatal desgracia. Sí, el infierno son los otros (Sartre). Lo contrario, su reverso, es la muerte en vida, o muerte misma, por inanición. Pero este anverso del hastío social es una soledad tan irritante como agotadora, un estado indeseable al que estás abocado, sí o sí. Terrible, porque no puedes evitar relacionarte y porque, desde su inicio, cualquier relación nueva pronto será inevitablemente vieja, llena de todos los vicios que te sumen en un nuevo ámbito de hastío social, figura de una soledad deprimente, insoportable. Un vacío que te convoca al suicidio: ¡no tienes escapatoria! Es así que el mundo es un lugar tan horrible: o hastío social o suicidio. Pero, amigo, el suicidio no es asunto fácil, ¿verdad? Bueno, la idea del suicidio como posibilidad, aun siendo mortal, supone un alivio, pues hace más tolerable la ominosa condena del incombustible hastío de este obligado vivir así (Cioran).

La soledad querida, o buscada, esa en sí misma episódica, también por naturaleza, es tan amable como amada. Pero no es perdurable, tan solo ocasional. En la vida humana posee un lugar tan efímero como un recreo en un día de escuela. La soledad por hastío social es perenne, omnipresente, incluso cuando sueñas: o sueñas estar en ella, o huir de ella. Ella te gobierna. Una soledad, repito, irritante, cargante, opresora. Siendo rehén, primero, rehén y verdugo después, allá donde caes, de una sociedad desenvuelta en múltiples formas de ágoras donde circulan y chocan, cruzan y traspasan, saltan y golpean, emociones perturbadas y perturbantes, desatinos continuos, hipocresías y cinismos absolutamente obligatorios -por más repugnantes- para poder seguir mirándonos a las caras… ¡porque tenemos que seguir mirándonos a la cara día tras día! Lenguaje lleno de verbo y sin verbo, cúmulo de falsedades. Curioso es que tenemos clasificadas todas las perturbaciones del desboque emocional lacerante, en todas sus formulaciones, así como todas las caras de la falsedad que practicamos día a día para nuestra supervivencia, dado lo obligado de coexistir. Pero darles nombre, no cambia nada. Sólo damos nombre, pero nos gobiernan desde la cuna. Somos su dominio, ellas realmente nos nombran, nos significan. Al fin, no somos buenos ni malos: es el ADN de esta nuestra especie, mamífera y mamona, que te chupa la existencia.

A mí todo esto, como rehén y verdugo, me da asco, mucho asco. Y cada vez más. Porque ya no es tus pequeños y separados núcleos o ágoras sociales: familia, amistades, colegas de trabajo, conocidos circunstanciales, etcétera, que podía ser más llevadero quizás. Ahora todo confluye, y lo portas contigo de continuo, en este nuestro mundo convertido en red perpetua, conexión ininterrumpida que, por más que la obvies, te atrapa de una u otra manera. Y si pretendes hacerles caso completamente omiso, te descuelgas. Sí, te quedas fuera de  juego, excluido o marginal. Internet, con todas sus arácnidas versiones, ha logrado que todas las ágoras se abran a una inmensa, omnipresente y omnipotente ágora hecha aldea, que labra en ti el hastío social de mayor soledad, con tentativas continuas de confusión desrealizadora y despersonalizadora, mediante el bombardeo sin fin de eslóganes e imágenes uniformadores mentales, dignos de la peor de las cavernas platónicas imaginable.

Por eso es que me fascina, me hace volver a nacer, sin contaminaciones sociales afortunadamente detenidas en tales circunstancias, viajar con rumbo a lugares donde soy desconocido y desconozco la otredad de quienes allí viven. Es como navegar por un tiempo previo a la funesta socialización y su inveterada secuela: la soledad del hastío social. Por eso, cuando puedo, escapo, y no hay confín que yo no visitara. Los encadenaría uno tras otro, sin dar ocasión al regreso a la estúpida caverna de mi ciudad, esta donde esa soledad me hiere (y yo hiero), hecha de ágoras en red con lenguas, gestos y modos que domestican, hasta la despersonalización misma si te descuidas, lo que pudiera haber en ti de genuino o espontáneo. Por más estrategias de pensamientos positivos e inteligencias emocionales que te vendan o de amistades virtuales siempre disponibles, comprensivas y donadoras de “likes” que con tanta caricatura te compongan, lo social te va a ir matando desde que naces. Con ellas creerás ser feliz, o que te haces a ti mismo y vanagloriarte de cuán independiente eres. Me río. Cualquiera de ellas no es más que otro, entre otros, programa o modalidad alienante de esta caverna, esta aldea, el ágora, la red… ¡Qué condenado hastío, soledad infinita!

soledad gente

Primera entrevista

Era la primera entrevista. Se le veía bien hundido. Saltaba de una situación a otra, donde la tristeza o el dolor presidían la experiencia personal en ellas. No dejaba de peinar con presión digital intensa su pelo hacia atrás, como quien desea despejar la cabeza. Miraba hacia abajo, caído, entre frases, o se perdía en la lejanía a través de la ventana, cual si soñara una manera de escapar o ver otro horizonte. 
Al tiempo, me miró a los ojos preguntándome:
– ¿Qué cree que me está pasando?
 No apartaba ya su mirada, esperaba una respuesta, quería respuestas. Me incliné hacia delante extendiendo mis brazos y abriendo mis manos, y le contesté:
– Parece que ha encadenado últimamente experiencias muy dolorosas. Le noto agotado. Debe estar muy cansado, como quien solo encajara golpes y está desfondado. Creo que necesita dejarse vencer de alguna manera sin miedo a perderse, a que no haya ya opciones después. No siempre se puede, ni quizá sea bueno, resistir y sólo resistir.
Agarró mis manos, echándose a llorar desconsolado, de nuevo cabizbajo, como desahogándose, apretando con fuerza.
Hago un pequeño paréntesis: Yo abdicaba, sin pretenderlo, en ese momento del método en que entonces me formaba, donde la abstinencia afectiva y la asepsia emocional eran una regla. Nunca jamás volví a contemplar esa regla, la verdad sea dicha.
– ¿Sabe? -me dijo mirándome de nuevo a los ojos sin esconder ni secar sus lágrimas-. Creo que necesitaba esto hace mucho, demasiado tiempo.
– ¿Qué quiere decir?
– Pensé que empezaría a darme consejos, a hacerme preguntas, yo que sé. Pero siento como si me hubiera abrazado y dicho “puedes descansar, descansa sin miedo”.
Fue así que solicitó volver a vernos, siendo la primera de muchas citas posteriores.
abrazo

Religión y estupidez

Creer en la llegada de un mesías divino, salvador ungido por un dios, tras diásporas varias y holocaustos, incuestionables pruebas de un sin-dios por más torá que muestre un todopoderoso ¿enamorado? de su pueblo elegido… ¿En serio? Amores que matan. Un pueblo elegido, al parecer, para matar y ocupar a otro pueblo, según se ve y es su sionista orgullo criminal.

Creer que un palestino ejecutado hace miles de años, ignorado por los textos realmente históricos, es un mesías para toda una humanidad, cuando en sus libros sin historia real hay contradicciones severas entre lo apócrifo y lo canónico, libros que no dan existencia por más personajes que lo ocupen, y llenos de fábulas y leyendas que igual se adjudican a otras divinidades solares llamadas falsas por estos creyentes (lean los ciclos de Mitras u Horus, y varios más, no invento nada y, en cambio, todos sus ingeniadores se han copiado de lo lindo entre ellos).

Seguir disciplinas de rezos, ayunos, sharias…, porque un mesiánico beduíno delira en su desierto y los alienados e impíos infieles resultan ser los demás… y hay que hostigarlos hasta la claudicación del mundo a su Alá.

Sí, la estupidez tiene muchos nombres, pero religión es uno de sus más decididamente nítidos, reveladores y, cosas de tanto estúpido detrás, fanáticamente peligroso para la convivencia en libertad.

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Llámame populista, pero no lo soy

Cansa, a veces hasta el hastío, ese trato intencionadamente insultante de “populista”, “rompe-España” o “podemita” y sus vulgares sinonimias: “chavista”, “bolivariano”… Uno se lo toma con buen humor y lo deja estar, qué va a hacer pero, en el fuero interno, causa su cuota de indignación. ¿Por qué? Me explico (y sé que esto explica a muchos de los millones de ciudadanos y ciudadanas, diana de tales calificativos, que hemos optado en las últimas elecciones por candidaturas de o en torno a Podemos):

– Optar en unas elecciones democráticas por aquella opción que mejor te parezca pueda contribuir a mejorar aquellos factores que estás estimando como más necesarios o perentorios en ser afrontados, no significa necesariamente, y en mi caso que es el caso no lo es, que seas un militante, ni un hooligan, un abanderado de partido, un defensor de ideologías concretas o cerradas, ni un terrorista social. Sea del espectro de la denominada derecha o de la tildada como izquierda, según la convención al uso, uno solo busca inclinar la balanza política en el sentido que considera más ciudadanamente, más civilizamente adecuado: hacia el liberalismo económico o hacia la socialdemocracia; hacia el conservadurismo social o de lo establecido o hacia el progresismo o cambios profundos en ciertas reglas por más arraigadas que puedan estar; hacia el bienestar con acento individualista y trato deferente a los otros (precarios, marginados, pobres, excluídos…) vía leves concesiones entre caritativas, condescendientes e interesadas, o hacia el bien común basado en la justicia e igualdad con mayúsculas. Y así, todos los ejemplos imaginables en nuestra sociedad, según qué faceta: laicismo, medio ambiente, género, fiscalidad, concepto de unión europea, carácter de las relaciones exteriores, memoria y reparación histórica del franquismo… En estas tendencias yo, soy el caso o ejemplo, me muevo en la llamada izquierda.

Si yo pensara que todo votante del Partido Popular es un avalista de la corrupción, la desigualdad o la confesionalidad disfrazada pero real del Estado, o el llamado “capitalismo de amiguetes” junto a la manipulación descarada de la justicia, estaría dando calificativos o juicios de valor muy seriamente denigrantes para millones de conciudadanos, más aún si incluyo a los que votando otras opciones han conseguido respaldar la continuidad del gobierno de un partido netamente mafioso. Pero me cuido de hacerlo por respeto a muchos de ellos, por otra parte buenos amigos y también familiares entre ellos, a los que no tildaría yo de tal condición en principio.

– No considero el voto o el contribuir a una opción, una adhesión incondicional, ni el inaugurar o establecer una tradición democrática o una costumbre participativa inmutable. No es algo que me identifique ni me signifique más allá de ser mi opinión contingente, del hoy, por mera preferencia entre las propuestas a los problemas e interrogantes del presente, entre las existentes, como más adecuada o necesaria, sin que ello signifique un cheque en blanco, una actitud acrítica, una inercia por herencia o tradición enquistada, un ser de ‘un bando contra el otro’… Nada en fin con carácter inmutable y de lo que deba yo ser una especie de valedor a ultranza en todo momento y solo por el hecho de otorgar en determinadas circunstancias mi confianza y apuesta democrática.

En cambio, sí observo que el denostarme con los calificativos ya expuestos al principio (pretenderlo quiero decir, sin éxito por supuesto) suele provenir de individuos con un pensamiento muy concreto, por no decir rígido, poca o nula tolerancia a lo diverso -y menos si antagónico-, cierto o grave afecto -por acción u omisión- con el legado sociopolítico del franquismo, voto electoral acrítico al Partido Popular una tras otra convocatoria electoral, con el mantra de “todos son iguales” sumado a ” quienes mejor defienden / gestionan a España son estos”. Sin que haya evidencia alguna ni de lo uno ni de lo otro, sino más bien todo lo contrario. Salvo, claro, ese sector de entre tales sujetos que entienden por “defender” exhibir con soberbia y tono de arma arrojadiza banderas rojigualdas (yo le llamo sacar ‘paquete’), sostener el nacionalcatolicismo sociológico a ultranza (vía acción egosintónica, vía omisión interesada, vía “así al menos frenamos a los rojos”) y llenarse la boca con vocablos como “patria o patriotismo” o, otro ejemplo, la sin contenido pero con mucho escaparate propiamente ducho populista “marca España”.

– Si alguna opción política ha demostrado con creces, en los parlamentos nacional y autonómicos, ayuntamientos y gobiernos, su sistémica identidad de corrupto, el despilfarro y saqueo continuo del dinero público, las leyes más favorecedoras de grupos oligárquicos (con pertenencia incluida a ellos), el absoluto desprecio por las políticas ecológicas como también por las igualitarias (y recuerdo para malpensantes que decir igualdad no es decir uniformidad, sino referirse a oportunidades sociales y derechos cívicos, así como el obligarse a los deberes según las leyes democráticas sin distinción de personas por su condición social) y, por supuesto, un afán liberalizador consumado en la entrega de bienes públicos básicos o estratégicos a ‘amigos’ y, vía estos, a sí mismos en muchos casos, con consecuente ruina para el conjunto social que, además, sufre -sufrimos- sin respiro (y al amiguete protege) el consabido dogma del liberalismo económico de ‘socializar pérdidas y privarizar beneficios’, esa opción nítidamente es la que representa el Partido Popular, seguido, no tan de cerca como los demagogos ‘popularistas’ quisieran, pero también, por el Partido Socialista.

Por tanto, termino, no es de extrañar que canse y hastíe el vociferio de conocidos, compañeros, amigos, familiares…, también el mediático llamado oficial o ‘bienpagao’ -mantenido bajo intereses ajenos a la información veraz, confundiendo intencionamente información con opinión-, y uno pretenda, no el dar explicaciones de sus porqués, sino el manifestar alto y claro que somos millones, somos legión, y no se nos puede hacer luz de gas fácilmente, los que creemos que hay alternativas a esta mezcla antisocial y contramedioambiental de conservadurismo político y liberalismo económico, y que eso no nos convierte de inmediato, ni de lejos, en sujetos valedores de concretas ideologías (llámense comunismos, bolivarismos, maoísmos, castrismos, bolchevismos… o como guste a esos predicadores de postverdades -mentiras embaucadoras vía impacto en creencias y emociones-), sino en ciudadanos españoles que, en cada cita decisiva con nuestro país donde podemos influir para el surgir de alternativas a una realidad que no queremos o deseamos para nuestro Estado, nuestro pueblo, todo él, no dejamos de hacerlo y en modo crítico, reflexivo, adoptando una decisión que no ha de condicionar obligatoriamente la siguiente. Se llama libertad de conciencia, no populismo.

Alborada de primavera

Ven conmigo y mira madurar la primavera en
nuestro pequeño vergel bañado de luz y frescor
por un rocío matutino aún no agostado por ese sol
tan imponente como a veces excesivo en su dominio de mediodía

¿Ves ya brotar, recién nacidas pero formadas, las graciosas ciruelas?
Aún verdes como las hojas verdes que acogedoras las abrazan
Color todo de una orgullosa copa pronto de rojo salpicada
Fruta madura cuya sangre ha de saciar la sequedad de nuestras bocas

Ven, dame la mano, y saludemos el crecer de las glicinias
Dispuestas al abrazo de la inmediata columna de forja blanca
Sostén de futuras sombras que han de litigar con el calor del estío
Pronto serán artesanas del tupido techo que ha de proteger tu piel y la mía

Pasea junto a mi paso atentos al aroma de esas azucenas
Saben que ya se despiden y, generosas, no han de irse
sin derramar en derredor todo su aliento edulcorado y fino,
ambrosía para el alma de quien lo respira
Colman de su blancura un seto de tierra viva, de cuyas raíces
Nuevas hojas albas hará a su debido tiempo renacer

Allá en su rincón, como acunado, mira,
entre los pequeños cipreses de la linde el mirto
se despereza riego a riego, simiente a simiente
Mirando de reojo a los jazmines, más allá
Tapiando el muro de un níveo vivaz y suntuoso
Cemento gris tupidamente encalado por pétalos diestramente adosados

Ven, ven aquí, tras el manzano donde asoman ya tímidas pomas
Descansemos nuestros cuerpos bajo esta inmensidad
Sicómoro fiel, compañero de años, faro y guía de cada nuevo marzo
Caducifolio ostinato que ensambla y sostiene todos los compases
Sí, acá, junto a él embriaguémonos de esta brisa sin furia
De la mirada sin espanto, de un calor leve que no te abrasa

Sí, pero dime tú…
¿Dónde nace y para qué esta luz,
si ha de hacerse oscura noche?
¿A qué dar aprecio a una brisa,
si ha de tornarse vendaval en otro instante?
¿Cómo amar el verdor, la frescura, la fruta…,
si a la vida sigue la muerte,
a la raíz jugosa su podredumbre,
al aire de esta húmeda atmósfera una sequedad como infinita?
¿Por qué reír si también llorar,
la cuna si ha de llegar el nicho,
tanto color desbordado si luego rezumará dolor?

Ven conmigo y mira madurar la primavera
Déjate penetrar por esta alborada y
desecha tan estéril congoja
No mates tus sentidos al abrigo de inviernos que fueron y
otoños que aún no han sido, mediando todavía
un verano hoy, y solo somos hoy, aún ignorado